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EL HILO DE LA VOZ:
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DOSSIER
Graciela Batticuore 1
1 Universidad de Buenos Aires-CONICET
0009-0007-7534-0340
gbatticuore@gmail.com
Graciela Batticuore es escritora, crítica literaria, docente y editora. Se desempeña como investigadora principal del Conicet y como profesora asociada de Literatura Argentina I en la Universidad de Buenos Aires, donde se doctoró. Recibió el diploma al mérito de Ensayo Literario de la Fundación Konex 2024. Es autora de los ensayos "La mujer romántica. Lectoras, autoras y escritores en la Argentina, 1830-1870" (primer premio del Fondo Nacional de las Artes, Sudamericana publicó la última edición actualizada y aumentada en 2022); "Lectoras del siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina"; "Mariquita Sánchez. Bajo el signo de la revolución" y "El taller de la escritora. Veladas Literarias de Juana Manuela Gorriti. Lima- Buenos Aires". Preparó ediciones críticas de autores/as del siglo XIX: "Fragmentos de lo íntimo. 53 cartas de Juana Manuela Gorriti a Ricardo Palma"; "Ficciones patrias; Escritos de vida, de Juana Manso", entre otros. Coordinó el volumen colectivo Mujeres en revolución. Otros comienzos, tomo 1 de la Historia feminista de la literatura argentina, en colaboración. También escribió novelas: Música materna; La caracola (finalista del premio Sara Gallardo); Marea (2019, traducida al portugués). Y libros de poesía: El fin de la noche; La noche; Sol de enero y Cuaderno de espera (2014). Dirige la colección Lector&s en la editorial Ampersand.
Fecha de recepción: 31 de marzo de 2025;
Fecha de aceptación: 31 de mayo de 2025.
Referencia: Batticuore, G. (2025). El hilo de la voz: notas sobre memoria, guerra e inmigración en Música Materna. Cultura Latinoamericana, 41(1), 32-40. http://dx.doi.org/10.14718/CulturaLatinoam.2025.41.1.1
Resumen
El trauma de la muerte como hecho cotidiano, el analfabetismo, la emigración forzada y la transculturación que impactan en la hibridez de la lengua o la sintaxis de una emigrada italiana que llega a la Argentina después de la segunda guerra mundial. Sobre estas cuestiones discurre el siguiente artículo, a partir de testimonios familiares, de materiales documentales, audiovisuales y de la novela Música materna.
Palabras clave: Mujeres; analfabetismo; guerra; inmigración; memoria; ficción; oralidad.
Abstract
The trauma of death as an everyday occurrence, illiteracy, forced emigration, and trans-culturation—all of which affect the hybridity of language or syntax of an Italian emigrant who arrives in Argentina after World War II. These are issues addressed in the following article, based on family testimonies, documentary and audiovisual materials, and the novel Música materna (Maternal music).
Keywords: Women; illiteracy; war; immigration; memory; fiction; orality.
Los muertos
No se hablaba de la guerra en casa cuando yo era chica. No se podía hablar de los muertos, ni siquiera de los que se habían ido de viejos, porque mi mamá se enojaba. Nombrar la muerte era llamar la desgracia, y ella se lo tomaba muy en serio: rabiaba, se enfurecía si hacíamos chistes para relajar, así que intentábamos callar delante suyo. Yo no sabía que detrás de esa fobia estaban los muertos de la guerra. Ni sabía que un día bombardearon su casa en el pueblo italiano donde nació, cuando estaba con su hermana y la nonna en el campo. Después tuvieron que dormir muchas noches en un sótano lleno de vecinos con los que amasaban el pan, lo único que había para comer entonces.
Tampoco sabía yo que, a mis diez años, en el país, en la ciudad y en la época que me tocaba vivir se estaba llevando a cabo otra guerra, solapada y silenciosa, que transcurría en los sótanos o en los centros clandestinos de detención, donde los militares torturaban o mataban gente.
No sabía nada de eso, y creo que mi familia lo desconocía también. En casa no se hablaba del tema, y menos aún, en el colegio de monjas al que yo iba. "El silencio es salud". "Los argentinos somos derechos y humanos". Esas frases eran moneda corriente y se leían en los letreros de la calle, de las instituciones o en las publicidades de la tele.
Pero mamá no sabía leer ni escribir. No sabe. Y eso también tiene que ver con aquella guerra de su infancia que interrumpió no solo la escolaridad de los chicos del pueblo, sino las rutinas todas o lo que llamamos normalidad. Aunque antes ya María había tenido tifus, y pasó un año entero en la cama. Eso demoró su entrada al colegio, y cuando se recuperó, empezó la guerra, así que nunca llegó a alfabetizarse. Después de la emigración tampoco, porque trabajó un tiempo en un taller de costura de camisas, en un barrio de la localidad de Caseros donde se instaló al llegar a Buenos Aires, hasta que se casó y tuvo a sus hijas, entonces dejó de insistir.
No hacía falta que una mujer como ella aprendiera a leer y a escribir, todos entendieron eso en la familia, y María se convenció. Su hermana mayor sí que había ido unos años a la escuela en Italia, dicen que sabía leer. Ella no llegó a emigrar porque murió de una infección que contrajo en el parto después de dar a luz a su único hijo, en medio de los bombardeos de la segunda guerra. Para entonces mamá tenía seis años, pero todavía recuerda que miró a su hermana a los ojos hasta el final, así se despidieron.
También por esos días cuenta que vio a los muertos de la guerra tendidos en las calles del pueblo; eran todos vecinos, conocidos. "Camina, María, camina", le decía su cuñado cuando volvieron del campo donde los sorprendió el primer bombardeo en Castropignano. Se acuerda de que tenía que mirar hacia otros lados y cuidarse al andar para no pisarlos. Después se enteró de que el amigo con el que jugaba de chica, antes de enfermarse, se había muerto de tifus. Nunca más lo volvió a ver y entendió que desaparecer también es morir.
Antiguas rúbricas
Mis nonnas tampoco sabían leer ni escribir. Eran campesinas. Mi nonno Pasqualle tampoco. Cuando estaba a punto de publicarse Música materna (2023), busqué y encontré muchos documentos de familia. Están repletos de huellas digitales en lugares donde tiene que ir la firma. O a veces en ese sitio hay una sola frase corta, escrita con letras de imprenta mayúscula que dicen ANALFABETO o NO SABE LEER. Entendí, a lo largo de los años y de mi formación como escritora, que esos letreros son parte de una memoria viva (roca viva es la expresión que uso para hablar de ese asunto en otro libro, todavía inédito). Hablan de la vergüenza, de la humillación y en cierto modo de los complejos que también supe tener, porque todo se hereda. Esas marcas en los documentos señalan un trauma ancestral que pega fuerte en el alma, pero también en la lengua de muchos emigrados de clases populares, como los que llegaron a nuestro país hace más de un siglo.
"Bajamos de los barcos" les gusta decir a nuestros presidentes cada tanto, pero eran trabajadores apaleados por la guerra o la miseria los que vinieron antes y los que siguieron llegando después a la Argentina, en diferentes camadas. Primero, de Italia y de España, de Alemania; después, de China, de Corea, de Perú, de Paraguay, últimamente de Venezuela o Colombia. Todos trabajadores, con su lengua natal a cuestas.
Hice esas y otras asociaciones entre culturas migrantes cuando estaba escribiendo la novela. Y entendí que en el proceso de composición había estado buceando hondo en los arcanos de una historia antigua que no solo es familiar, sino también comunitaria. A esa historia me llevó el hilo de una voz cercana, disruptiva y anacrónica, parecida nada más a la de algunos emigrados que vinieron a Buenos Aires desde el mismo pueblo de Italia donde nacieron mis padres, en las mismas condiciones socioeconómicas. Paisanos, tíos, amigos, una madrina de la edad de mi mamá, ellos son los que hablaban su lengua y aparecen en una composición fotográfica de la tapa en blanco y negro de la novela. Ahora casi todos se murieron y María volvió a ser una sobreviviente en su ínsula idiomática.
La voz, el desgarro y la trama
Viajé dos veces al pueblo de Castropignano, en Molise, cuando estaba escribiendo Música materna. Fui para escuchar esa lengua que trataba de recrear en la ficción. Buscaba a la gente que podía hablar como mamá, pero me di cuenta de que esa lengua suya tampoco es la misma de los paisanos de allá. Parecida sí, familiar o comparable es la que hablan las ancianas que llegué a entrevistar en los viajes, algunas siguen vivas y otras ya murieron. Conservo sus voces en grabaciones, sus imágenes en fotos, pero la voz de mi madre combina frases y palabras que articulan una sintaxis personal. A veces los predicados entran en la oración mucho antes que el sujeto; otras, las oraciones se quiebran y hay que coserlas en la escucha para entender el sentido. Yo creo que la suya es una lengua rota o desgarrada por la emigración forzada, una lengua que navega entre mundos y épocas diversas. Así habla también la protagonista de Música materna, que no se expresa bien en italiano ni en castellano, sino que mezcla el dialecto antiguo molisano con expresiones de un español coloquial que incluye retazos de esta y otras épocas en las que le tocó vivir (por ejemplo, dice María que "se quedaban gruesas las mujeres", para dar a entender que se embarazaban).
Creo que la lengua de los emigrados lleva esa rajadura que dejaron los muertos, las guerras, la sangre de los embarazos que también perdió mamá cuando era joven y emigrada, entre el nacimiento de mi hermana y el mío. De eso se habla avanzada la novela. O sea, de los partos, de las madres, de los muertos y de la política, incluso del fascismo y del peronismo, de la vida de las mujeres de antes y de ahora. Hay un capítulo, al final, que se titula "Memoria del cuerpo" y termina con el momento feliz de un nacimiento.
Tuve la suerte de nacer, de aprender de mi madre ese idioma, que no es universal sino personal e identitario. A veces me hago el chiste de que ella habla una lengua que solo mi hermana y yo entendemos, una lengua que tiene un ritmo y una gramática propia. De ahí viene mi amor por la poesía, tanto o más que de los libros que leí en mi vida, digo que mi contacto con la literatura viene de la oralidad, de la intimidad con las voces desencajadas de los inmigrantes, que guardan en los recodos de su lengua natal la fidelidad a otra tierra, a otra historia y a sus muertos.
Ahora que mi madre está por cumplir noventa y dos años y el pasado vuelve a estar en primer plano en su memoria, de pronto la guerra es un tema que entra en muchas conversaciones cotidianas. Aparecen escenas, situaciones, nombres largamente silenciados que expresan una conciencia política que hasta hace poco había estado eclipsada. La novela movió algo en el orden de la vida, produjo algo más en ella y también en mí (acaso una liberación de lo que estaba olvidado, resentido o censurado hacía mucho tiempo). Sabemos que la literatura no cambia el mundo, pero a veces algo sutil se transforma con solo seguir el hilo de una voz.
Cuando era chica me daba un poco de vergüenza mi lengua materna, eso lo cuento en La caracola a través del personaje de Nina, la protagonista, que siente un cierto mareo existencial cuando se ve tambaleando entre la lengua de sus compañeras de colegio y la voz de la madre. Para mí escribir una novela fue otra forma de entrar en la literatura yendo más atrás o más adentro, ahí donde vibra la lengua de los emigrados y aparece lo real. La vida es lo real, pero también la escritura que nace de la intimidad, de la experiencia ancestral que deja de ser meramente biográfica cuando se hace ficción, entonces puede abrirse a lo social, a lo colectivo, a lo humano, en los procesamientos o en la alquimia que el arte o la literatura hacen posible.
Adenda
Comparto, a continuación, un breve mosaico de textos y referencia audiovisuales que remiten a la novela Música materna y al corto Músic materna. Geografía ancestral, subido a YouTube (Batticuore, 2023b) Este último acompañó una muestra literario-documental en vitrinas realizada en el Museo de la Inmigración de Buenos Aires de julio diciembre de 2023, en cuyo marco se presentó también la novela men cionada. Todo ese repertorio de textos, documentos, fotos, objeto familiares es representativo de una cultura migrante italiana de posgue rra. El trabajo con la muestra y el audiovisual se realizaron mientra corregía las galeras de la novela, que abrió en mí la conciencia de lo vínculos entre la genealogía ancestral familiar y la comunitaria, socia o colectiva. En ese sentido, creo que la literatura, la memoria visual la memoria material son solidarias entre sí y abren otras perspectiva o proyectos futuros (como la idea de componer un álbum que reú na textos e imágenes sobre estas cuestiones).1 Cierro estas reflexione: citando tres fragmentos de la novela que pueden leerse en sintoní con recortes del audiovisual, indicados oportunamente al final de cadí párrafo o cita.
1. El primero nos lleva a una escena singular en la que conversan en el barco que las trae a la Argentina, una madre y una hija inmigran tes (la chica recuerda su ilusión previa a la llegada en América, dond la esperan en el puerto el padre y el hermano), dice así:
Y de repente nos dijeron vamos, vamos, todos a cambiarse que a la tal hora se baja del barco. Era el 25 de agosto. Yo agarré ese bolso que tenía y me cambié, me puse algo nuevo y mi mamá también, porque la ropa que traíamos en el viaje era un poco vieja y la tiramos al mar. Mi mamá me llamó aparte y me dijo, María, ahora vamos a ir a vivir con papá y con Mingo, allá vamos a tener muchas cosas, todo nuevo, todo mejor que en Italia porque llegamos a la América. Entonces no podemos tener más esta ropa vieja. Y me la hizo tirar. Nos fuimos al lado de la baranda del barco, habíamos puesto todo lo que no servía en una bolsita de tela que mi mamá la ató. Y la tiramos al mar. Adentro estaban las zapatillas, las medias viejas, el vestidito más usado que yo tenía. Y algunas bombachas más viejas que traía también. Me quedé sólo con lo nuevo que llevaba encima.
Así llegué yo a la Argentina, con la ropa más linda que mi madre me pudo comprar en Campobasso. Y la otra la tiré toda al mar. Porque acá nos esperaban los hombres. Mi padre, que yo no lo conocía todavía, y mi hermano, que se había ido cuando yo era chica. Ni me acordaba más de él. Pero nos íbamos a encontrar con ellos y para mí era como la primera vez, entonces nos pusimos la ropa más linda que había. Al final llegó la hora y empezó a tocar la sirena del barco porque había que bajar, después de veinticinco días que sólo habíamos visto agua y cielo y nada más. Pero antes de pisar la tierra nos tuvimos que subir a los botes para llegar hasta el puerto. Íbamos con todas esas bolsitas en la mano. Y todo se movía abajo de los pies, otra vez, así que unos hombres nos ayudaron a bajar y así salimos. Llegamos a tierra, decían, vamos, vamos. Y de ahí nos pusieron en la fila de la aduana, porque había que sellar los documentos. Veníamos a la Argentina con toda esa emoción. Entonces mi mamá sacó la foto del bolso para ver si los conocía a mi hermano y a mi padre, si los veía, con toda esa emoción. (Batticuore, 2023a, p. 86).
Esta escena puede cotejarse con un fragmento del corto, que va del minuto 00.02.14 al 4.37
2. El segundo fragmento nos lleva a una escena que está más avanzada en la historia de la novela, cuando María ya está casada con Emilio. Y los domingos practican juntos la lectura y la escritura copiando textos del diario; dice así:
Comprábamos el diario los domingos porque era el único día que teníamos libre, porque de lunes a viernes no estaba en casa tu papá. Trabajaba, se iba a las seis de la mañana y venía a las nueve de la noche. Vivíamos en San Martín todavía. Y papá hacía los mandados temprano porque no teníamos heladera ni nada, entonces primero se iba a comprar el pan, iba a la carnicería, al almacén. Ya que estaba compraba el diario y después volvía, entonces desayunábamos los dos juntos y nos poníamos a mirar un poco lo que decía, lo que entendíamos. Cuando ya habíamos leído las letras más grandes, después leíamos una parte cada uno. Nos sentábamos al lado y opinábamos. Papá más que yo, porque él andaba más en el medio de la gente, por el trabajo, ¿sabés?, entonces entendía más las cosas.
También practicábamos juntos, hacíamos los palitos en un cuaderno, cada uno tenía el suyo que era sólo para eso, personal. Y en ese cuaderno copiábamos, escribíamos. Por ejemplo él copiaba una parte del diario y yo otra, después nos cambiábamos la hoja. Hacíamos así: él agarraba una parte, tal hoja del diario, y la copiaba; yo agarraba otra pero después la cambiábamos. Para ver cómo era hacíamos eso, para practicar cómo se escribía, cómo se hacían las letras, las palabras, porque no sabíamos cómo se decían las cosas, entonces lo hacíamos para aprender. Pero papá aprendió más que yo, porque la mujer siempre es diferente. Yo tuve los chicos enseguida y entonces no tenía ni ganas de hacer tanto, estaba cansada, pero él sí que hacía porque no podía menos, necesitaba, si estaba en la calle él, tenía negocio.
En esa época tu padre trabajaba bajo patrón en un taller de Palermo. Y siempre decía que quería tener el comercio propio, por eso se ponía a practicar sólo cuando tenía un rato. Porque le hacía falta saber leer y escribir si quería tener el taller, para armar los presupuestos cuando te traen los coches, todas las cosas que se necesitan con los clientes. Por eso, él se ponía a practicar muchas veces mientras yo hacía la comida, así aprovechaba ese tiempo. Hacía los ejercicios, copiaba el diario en el cuaderno, practicaba, y después cuando terminaba con eso me limpiaba la casa también, eso sí, para ayudarme lo hacía. Todos los domingos la costumbre nuestra era esa cuando ya tenía los chicos, entonces ese día yo hacía con él un poquito, no mucho, porque tenía que atender a la familia pero después practicaba más en la semana si tenía tiempo. Igual, los domingos opinábamos entre nosotros dos, hablábamos de cómo era lo que habíamos hecho cada uno, si estaba bien o no lo que hizo el otro en el cuaderno. Nos mirábamos las cosas entre los dos y así nos íbamos enseñando todo juntos. Si yo podía, en la semana me hacía una hora o dos de ejercicios, entonces cuando llegaba el domingo más vale él me lo tomaba, me miraba lo que había hecho, a ver cómo estaba. Pero lo que me costaba más a mí eran los números, porque tu padre hacía las cuentas con facilidad pero a mí me cuestan los números se ve, entonces hacía las cuentas con los dedos. (Batticuore, 2023a, p. 174).
Esta escena puede cotejarse con un fragmento del corto, que va del minuto 00.05:32 a 00.07.23
3. El tercer momento fragmento se repite en la novela como un ritornello, es la voz de María que le dice a su hija Nina que ella no quiere volver más a Italia porque allá sufrió mucho:
No, volver ahí yo nunca más. Tu papá estaba loco que tenía que comprarse la casa en el pueblo, que teníamos que irnos otra vez a Italia me decía cuando volvimos. Pasaron muchos años y fuimos a pasear, a visitar a los parientes. Él estaba loco de contento que se quería quedar allá otra vez, comprar la casa para tenerla hasta que se muera, decía, quedarse para siempre. Pero yo ni muerta, Emilio, nunca más me vengo acá a vivir, le contestaba. Yo no me quise quedar. Y no quise comprar nada tampoco, ¿para qué? Si allá se sufrió mucho con esa guerra, mamá. ¿Sabés lo que era ver toda la gente muerta, así, delante tuyo? Había que pasar por arriba de los muertos, había que andar con cuidado para no pisarlos. ¡Pelamaiella! (Batticuore, 2023a, p. 44)
Esta escena puede cotejarse con un fragmento del corto, que va del minuto 00.07.50 hasta 14.27; cierre con una imagen que remite a la guerra, de fondo se oye la voz de la madre recordando cómo enterraban vivas a las mujeres.
Notas
1 Con respecto a la muestra en vitrinas Música materna. Geografía ancestral (cultura migratoria, intimidad, política), esta reunió piezas provenientes del archivo familiar de diversas familias de inmigrantes italianos oriundos del pueblo de Castropignano (Molise, Italia), que llegaron a la Argentina en el contexto previo y posterior a la Segunda Guerra Mundial. Las vitrinas ubicadas en el espacio de curaduría familiar del Museo de Inmigrantes de Buenos Aires mostraban pasaportes antiguos, licencias de guerra, billetes de viaje en barco, permisos de inmigración emitidos en Italia y Argentina hacia la primera mitad del siglo XX. También, cédulas sanitarias, manuales para viajeros emigrantes, fotografías de época, diversos objetos textiles, libretas, papeles de trabajo, libros y revistas, también un audiovisual con fragmentos de films alusivos a las migraciones, las guerras mundiales y el peronismo, que sintonizan con el universo narrativo de Música materna (Batticuore, 2023a). Un conjunto de citas literarias alusivas a la novela guiaba la exhibición y recreaba la atmósfera de época que liga intimidad, vida familiar y social. Además de la vitrina principal donde asomaban materiales vinculados al mundo del trabajo, la domesticidad, la maternidad y la política (del fascismo europeo al peronismo), el mueble de exhibición contenía dos cajones con vitrinas más pequeñas que focalizaban temáticas emergentes para las migraciones: 1. "La vida de las mujeres, femenino-feminista"; 2. "Familia de paisanos, gente de acá y de allá", donde una serie de fotos, textos e imágenes invitaban a reflexionar sobre el universo de lo colectivo, lo comunitario, los afectos, la maternidad, el matrimonio y la familia, en diversos contextos y épocas.
Referencias
Batticuore, G. (2019). La caracola. Conejos.
Batticuore, G. (2023a). Música materna. Alfaguara.
Batticuore, G. (Director). (2023b). Música materna. Geografía ancestral [Video recording]. Música Materna. http://www.youtube.com/watch?v=jsIRmF7IueM