ABRAZAR A LOS AUSENTES

EMBRACING THE ABSENT ONES


DOSSIER


Sandra Lorenzano 1

1 Universidad Nacional Autónoma de México-UNAM
0009-0004-4383-6753
slorenzano@gmail.com

Sandra Lorenzano nació en Buenos Aires, Argentina, en1960. Se trasladó a México en 1976, donde reside desde entonces. Es ensayista, narradora, editora y crítica literaria. Obtuvo su doctorado en Letras por la UNAM, especializándose en Arte y Literatura Latinoamericanos. Ha publicado numerosos artículos en diversos libros y revistas a nivel nacional e internacional.

Entre 2010 y 2016 condujo el programa radiofónico "En busca del cuento perdido" en el IMER. Ha recibido reconocimientos como la Mención Especial en el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas en 1999 por su obra "Escrituras de sobrevivencia. Narrativa argentina y dictadura", y el Premio Clemencia Isaura de Poesía en 2023 por "Abismos, quise decir". Ha sido vicerrectora académica en la Universidad del Claustro de Sor Juana, donde también fundó y dirigió el programa de Escritura Creativa. Además, es creadora artística honorífica del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Entre sus obras se encuentran las novelas "Saudades" (2007), "Fuga en mí menor" (2012), "La estirpe del silencio" (2015) y "El día que no fue" (2019); los poemarios "Vestigios" (2010), "Herencia" (2019) y "Abismos, quise decir" (2023); y los ensayos "Escrituras de sobrevivencia. Narrativa argentina y dictadura" (2001) y "Herida fecunda" (2024).

Actualmente, es directora de Cultura y Comunicación Social de la Coordinación Universitaria para la Igualdad de Género de la UNAM y coordinadora del proyecto internacional "Cultura y migración" (UNAM-Unesco-Universidad Autónoma de Madrid). Colabora regularmente en diversos medios de comunicación de México y América Latina..


Fecha de recepción: 31 de marzo de 2025
Fecha de aceptación: 31 de mayo de 2025.


Referencia: Lorenzano, S. (2025). Abrazar a los ausentes. Cultura Latinoamericana, 41(1), 42-54. http://dx.doi.org/10.14718/CulturaLatinoam.2025.41.1.2



Resumen

¿Cómo hablamos hoy del horror? Esta es la pregunta que recorre "Abrazar a los ausentes", y que tiene que ver con los caminos en que la literatura en particular y la cultura en general responden a las múltiples violencias del mundo contemporáneo. De qué manera permiten reparar la herida de la que habla Alejandra Pizarnik: una herida que es a la vez individual y social, íntima y colectiva.

De esta herida fundamental, de esta desgarradura, surge la poesía, tal vez por ello sea el tema central de mi libro Herida fecunda (Premio Málaga de Ensayo, 2024); una reflexión sobre exilios, sobre memoria, sobre duelos y escritura que está en la base de estas páginas.

De Paul Celan a María Zambrano, del nuevo cine mexicano a las obras de Anselm Kiefer, de Raúl Zurita al filósofo Byung Chul Han, de Walter Benjamin a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, las líneas siguientes dialogan con el dolor, pero también con la esperanza, como posibilidad que surge de las tinieblas.

Quizás solo escribimos para mantener una humilde esperanza: quebrada, fracturada, zurcida, pero firme, y lograr así abrazar a nuestros muertos.

Palabras clave: Memoria; esperanza; herida; violencia; escritura.


Abstract

How do we speak about horror today? This is the question that runs through Abrazar a los ausentes (Embracing the Absent Ones), and it concerns the ways in which literature in particular, and culture in general, respond to the multiple forms of violence in the contemporary world. How do they make it possible to heal the wound described by Alejandra Pizarnik: a wound that is at once individual and social, intimate and collective?

From this fundamental wound, from this rupture, poetry emerges; perhaps that is why it is the central theme of my book Herida fecunda (Fecund wound, Malaga Essay Prize, 2024), a reflection on exile, memory, mourning, and writing that underlies these pages. From Paul Celan to María Zambrano, from new Mexican cinema to the works of Anselm Kiefer, from Raúl Zurita to the philosopher Byung Chul Han, from Walter Benjamin to the Mothers and Grandmothers of Plaza de Mayo, the following lines engage in dialogue with pain, but also with hope, as a possibility that arises from darkness. Perhaps we write only to preserve a humble hope: broken, fractured, mended, yet steadfast, and thus to be able to embrace our dead.

Keywords: Memory; hope; wound; violence; writing



Poesía y esperanza

".. .el oficio del arte es el de la esperanza"
Raúl Zurita

"Cuando en la poesía se escondían las últimas moléculas de libertad,
la gente, asfixiada por la represión, las buscaba, las encontraba y las respiraba para sobrevivir."
Ana Blandiana

"...escribir es como abrazar
un cuerpo que no se ve."
Bernard Noel.


Hace unos días una estudiante me dijo, "Desde que estudio estos temas, todas las noches tengo pesadillas". La violencia, la memoria, las ausencias, temas que habían aparecido en algunos de los textos leídos en clase, se habían metido en sus sueños.

Hace muchos años que no recuerdo lo que sueño; si no fuera por las certezas que tienen los científicos, diría que no sueño. Las pocas veces que tengo un atisbo de alguno suele ser tan atroz como lo que contó esta chica. No sé qué diría el psicoanálisis, pero yo les agradezco a todas las diosas de mi panteón particular que me protejan de los monstruos nocturnos.

Lo único que sigo queriendo es soñar alguna noche con mi madre. Mis hermanos cuentan que la ven en sueños, y yo los envidio. Hasta el día de hoy, casi veinte años después de su muerte, no he podido volver a abrazarla ni siquiera en ese universo nocturno.

Sin embargo, las huellas de la memoria están impresas en las palabras y en los silencios. Están impresas en aquellos cuerpos que ya no están.

Para Jean Genet "el reto de la obra nunca ha sido otro más que llegar al lugar de nuestros muertos" (Rivera Garza, 2023)1.

Algo parecido dijo Walter Benjamin al hablar del "ángel de la historia": "Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer los fragmentos" (Benjamin, 2008, p. 44). La frase de Benjamin me conmueve cada vez que la leo. Ese ángel, que mira con cara de espanto hacia el pasado convertido en "ruina sobre ruina", quizás encarne el reto de Genet. El orden de los sucesos no es algo menor: primero, despertar a los muertos; después, recomponer los fragmentos, porque ese gesto de "recomponer", de arreglar, de reparar, no es nunca individual, para que exista tienen que acompañarnos ellos, quienes ya no están.

"Despertar a los muertos." Traerlos del sueño a la vigilia. Dice el DRAE en la segunda acepción del verbo 'despertar': "Traer a la memoria algo ya olvidado".

Escribir es un modo, entonces, de despertar a los muertos, de reunirlos para recomponer con ellos los pedazos. Kinsugi siempre: el arte japonés de poner polvo de oro sobre las roturas de una cerámica o porcelana para recordar que en cada palabra que escribimos están los quiebres de nuestra propia historia, y con ellos, las voces e historias de quienes estuvieron antes. Escribir es también por eso un acto de memoria.

Al mismo tiempo, ese quiebre cubierto de polvo de oro es una apuesta de futuro. Si no fuera así, ¿para qué pegar los pedazos? Más que la idea del polvo de oro, y dado que vivimos en un territorio —el latinoamericano— con pocas posibilidades de acceder al metal precioso, me gusta la idea del zurcido: más cercana, más pobre, más vinculada a la puntada, a lo piel, a lo femenino.

El deseo —la escritura— el deseo de escritura quiere a la vez zurcir el pasado y llegar a un mañana, buscando abrazar un cuerpo que no se ve.

Tal vez sea la esperanza lo que surge al recomponer esos fragmentos. "Esperanza" es una palabra que me ha acompañado en los últimos tiempos.

"Zamba de mi esperanza" se llama una conocida canción del folklore argentino. "Zamba de mi esperanza, / amanecida como un querer / Sueño, sueño del alma / que, a veces, muere sin florecer" dicen los primeros versos compuestos por Luis Profili en la década de los cincuenta y que han cantado tantos hombres y mujeres a lo largo de los años. Y a mí, más allá de la nostalgia que pueda darme de aquella otra patria / matria de la que salí hace casi medio siglo, se me instala dentro ese sueño del alma sin ninguna razón concreta, o más bien a pesar de miles de razones en contra, solo porque sí, porque de otra manera lo mismo daría no estar, no ser, no existir. Será que estoy cansada del listado de hechos cotidianos que buscan apagar cualquier indicio esperanzador. Siento que el arte y la cultura de México han llegado a un límite en "mostrar" el horror, por eso quizás el apelar a la esperanza sea una responsabilidad ineludible.

Esta sensación viene acompañándome desde hace tiempo y reapareció con fuerza al ver por primera vez la película Sujo, dirigida por Astrid Rondero y Fernanda Valadez. Allí, por primera vez en el cine de ambas directoras parece haber espacio para la esperanza. Esperanza que aparece de la mano del deseo que tiene el joven protagonista, hijo de un sicario, de transformar su propio destino. "¿Crees que la gente puede cambiar?", le pregunta en algún momento a la profesora que ha decidido apoyarlo, exiliada ella misma de la dictadura argentina.

¿Qué decimos o qué hacemos hoy en nuestro país con el horror, además de mostrarlo? Ésa es para mí la pregunta más acuciante que debemos enfrentar las y los creadores en este momento.

¿Es diferente a aquella que se hicieron —o se están haciendo— Paul Celan (1920-1970) ante Auschwitz, o Ana Blandiana (1942) ante las cárceles de Ceaucescu, o Néstor Perlongher (1949-1992) ante la dictadura argentina, o Balam Rodrigo (1974) ante los migrantes desaparecidos? Las posibles respuestas de los cuatro —y de tantos otros— están heridas, balbucean, tropiezan, se rompen y buscan zurcirse.

Escribió Paul Celan en el discurso de Bremen:

Accesible, próxima y no perdida quedaba, en medio de todo lo perdido, una sola cosa: la lengua. Ella, la lengua, no estaba perdida, no, a pesar de todo. Pero debía atravesar aún su propia falta de respuestas, atravesar un terrible enmudecimiento, atravesar las tinieblas mil veces espesas de un discurso homicida. Atravesó y no encontró palabras para lo que sucedía; pero atravesó y pudo volver al día «enriquecida» por todo ello. (Celan, 1996)

La esperanza como una posibilidad que surge de las tinieblas. Con esta idea en la cabeza descubrí, casi por casualidad, entre la apabullante cantidad de libros que se suman en las mesas de novedades, la obra más reciente de Byung-Chul Han, El espíritu de la esperanza (Herder, 2024). En ella propone a la esperanza como opuesta al miedo que nos provocan los actuales escenarios apocalípticos. ".. .de la desesperación más profunda —escribe— nace también la esperanza más íntima. La esperanza nos abre tiempos futuros y espacios inéditos, en los que entramos soñando".

También el filósofo coreano lee a Celan en este contexto y pone uno de sus versos como epígrafe: "mientras aún le quede luz a la estrella, nada estará perdido. Nada".

Las páginas del libro incluyen reproducciones de obras de Anselm Kiefer, obras que hablan de la destrucción de la vida humana, y en las cuales, sin embargo, y como sucede en la poesía de Celan, lo sagrado sigue presente. Así, este heredero de la cultura que perpetró el Holocausto busca en la espiritualidad una respuesta que le permita convivir con la violencia y la culpa. Mostrando "una extraordinaria comprensión (Kiefer revisita el pasado, pero no deja de imaginar el futuro) de lo que es el terrorismo de Estado, la opresión espiritual, los gobiernos tiránicos, la guerra contra el yo, la coartación de las ideas" (Garrandés, 2024, párr. 36).

Para el artista, nacido en 1945, dos meses antes del final de la Segunda Guerra Mundial, en el sótano de un hospital sobre el que caían las bombas, toda esperanza pasa hoy por dar testimonio de la desesperanza.2 Una idea que marca también los versos del poeta de la Bucovina, y que es la base de las nuevas páginas de Byung-Chul Han.

Al mirar las monumentales obras de Kiefer, al que Wim Wenders sigue con su cámara en el documental Anselm, es imposible no recordar ese brutal libro del gran W.G. Sebald, titulado Sobre la historia natural de la destrucción. En la primera página, Sebald establece su punto de partida: el silencio ominoso de la cultura alemana ante ciertos datos incuestionables:

...solo la Royal Air Force arrojó un millón de toneladas de bombas sobre 131 ciudades, algunas de las cuales atacadas repetidamente fueron totalmente arrasadas. Unos 600.000 civiles fueron víctimas de la guerra aérea en Alemania, tres millones de viviendas destruidas que provocaron que siete millones y medio de personas quedaran sin hogar. (Sebald, 2003, p. 6)

Volvemos a la pregunta: ¿qué hacemos con la memoria del horror?

"Ruina sobre ruina." En última instancia Benjamin, Celan, Ajmátova, Sebald, Blandiana, Kiefer, pero también Diamela Eltit, Néstor Perlongher, Marcela Turati, Héctor Abad Faciolince y tantos otros habitan el quiebre de la lengua desde un mismo origen.

Como lo planteó Alejandra Pizarnik, "Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos" (Pizarnik, 2003, p. 311).

Y es desde ese mismo lugar que nace mi libro más reciente, Herida fecunda (XV Premio Málaga de Ensayo, Páginas de Espuma, 2024). La herida del título alude, entre otras cosas, al exilio, a los exilios, a las migraciones. El exilio es una herida, pero quizás tengamos la sabiduría, la suerte, la voluntad, una mezcla de todo esto para hacerla fecunda. La idea aparece en la obra de la brasilera Clarice Lispector; a veces se nos olvida que también ella fue migrante: una judía ucraniana en Brasil.

Herida, polvo de oro, zurcido. Finalmente lo único que importa en la literatura es el lenguaje: el desacomodo como objetivo de la palabra poética, la ruptura de cualquier tipo de certeza, la estética de ruinas.

Vergüenza

Si digo que me quedé tartamuda, ¿me entienden? Cuando me piden que hable del exilio, la primera palabra en que pienso es pudor. Podría ser vergüenza. "Pena" se diría en México. Una marca. Huella. Herida. ¿Vale acaso lo que pueda contar? ¿Para qué? ¿Para quién? Tenía dieciséis años cuando llegamos y quería ser como todos los demás. Me esforcé para conseguirlo. Me forcé. "Aprendimos no a hablar sino a balbucear", escribió Ósip Mandelshtam. Balbuceo. Tartamudeo. Perdí la lengua en algún lugar de estos diez mil kilómetros que me separan del pasado. (Lorenzano, 2024, p. 14)

Parto de la herida, de esa herida fundamental de la que habla Pizarnik, de esa desgarradura y de su vínculo con la creación. Si "reparar" es, por un lado, darse cuenta de algo, percibirlo, y por otro, arreglar, componer, podemos ver allí, como lo propone la poeta, el origen de la cultura. Crear es reparar, entonces, tanto en términos individuales como sociales. O dicho de otra manera: crear es suturar la herida. La cultura como sutura de esa herida.

Las cicatrices nos unen, nos hermanan. Los huesos, esas dolidas reliquias, los tesoros (así comenzaron a llamar las "madres buscadoras" de Sinaloa a los restos que hallaban en la búsqueda de sus propios desaparecidos), protegidos por las pieles tibias de las madres latinoamericanas.

Y para zurcir esa herida y hacerla fecunda, para mostrarla, porque es parte de los que somos, para presumirla como si de verdad fuéramos un patchwork pegado con polvo de oro, sumé otras y otros acompañantes. ¿Será que el trabajo de escritura es tan solitario que yo necesito rodearme de voces cómplices? Entre todas ellas destaco sobre todo las de dos mujeres cuya obra me interpela, por distintos motivos y de diverso modo: María Zambrano y Cristina Peri Rossi. Ambas exiliadas, ambas desgarradas por esa herida que el exilio provoca, y a la vez agradecidas con esa herida que las constituye.

Escribe Zambrano:

...el exilio que me ha tocado vivir es esencial. Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria o como una dimensión de mi patria desconocida. Pero que una vez que se conoce, es irrenunciable. (Zambrano, 1989, p. 381)

Llegó como exiliada a México, después de haber trabajado en España apoyando al gobierno de la República. Aquí fue invitada a dar clases en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, y aunque vivió poco tiempo en Morelia, recordaría aquellos meses con enorme agradecimiento y cariño en el comienzo del discurso que pronunció al recibir el Premio Cervantes en 1989 (fue la primera mujer en recibirlo; le seguirían otras exiliadas, como Ida Vitale y Cristina Peri Rossi, dos poetas uruguayas).

Dijo en el discurso:

Por amor a tales recuerdos y a vuestra generosa compañía, seguidme hasta una hermosa ciudad de México, Morelia, cuyo camino no busqué, sino que él mismo me llevó a ella, igual que a tantos otros españoles recién llegados al destierro. Allí me encontré yo, precisamente a la misma hora que Madrid —mi Madrid— caía bajo los gritos bárbaros de la victoria. Fui sustraída entonces a la violencia al hallarme en otro recinto de nuestra lengua, el Colegio de San Nicolás de Hidalgo, rodeada de jóvenes y pacientes alumnos. Y, ajena desde siempre a los discursos, ¿sobre qué pude hablarles aquél día a mis alumnos de Morelia? Sin duda alguna, acerca del nacimiento de la idea de la libertad en Grecia. (Zambrano, 1988)

María Zambrano cruzó la frontera entre España y Francia el 28 de enero de 1939, huyendo, como tantos otros republicanos, de la violencia de la Guerra Civil. Iba con su madre y su hermana Araceli.

Se dice que en el camino encontraron a Antonio Machado, amigo de su padre, y una de las influencias más importantes en su obra. Cuando lo invitaron a subir al coche en que viajaban, él respondió que prefería seguir a pie, junto a los vencidos. Entonces María decidió caminar al lado de su amigo. Machado tenía sesenta y cuatro años; ella, treinta y cinco. Los unía el amor a la poesía, y ahora, el exilio. Llegaron juntos a la frontera de Portbou. Esa misma frontera en la que apenas un año y medio después se quitaría la vida Walter Benjamin. El horror recorría Europa y los caminos estaban sembrados de muerte.

¿Qué llevaban en sus maletas? ¿Qué llevan los emigrados, los exiliados, los desarraigados? ¿Qué guardaba el filósofo alemán nacido bajo el signo de Saturno (Susan Sontag dixit) en esa maleta con la que buscaba llegar a Estados Unidos?

En 2017, la exposición La maleta de Walter Benjamin. Dispositivos migratorios convocó a treinta y ocho artistas jóvenes a imaginar esa valija. Hay una con juguetes (una de las pasiones de Benjamin), otra llena de piedras, tan pesada, dicen, como el camino hacia la libertad, una más con arena y un reloj.

Hay una brutal hecha con alambre de púas: «cosida con el miedo, llena del vacío desolador de aquel que deja atrás todo lo que quiere, todo lo que es. Benjamin abandonaba Berlín, ahora abandonaría Mosul, Alepo o Kunduz», dice su creadora, Agnes Wo. Yo agregaría hoy: o Tegucigalpa, o El Salvador, o Apatzingán, Michoacán.

El vacío desolador", como dice Agnes Wo. Nada diferente debe haber llevado María al abandonar su vida, su casa, sus amigos y el proyecto político de la Segunda República Española.

Tampoco sabemos qué llevaba Antonio Machado en sus maletas, pero sí que cuando murió -en Collioure un mes después de haber dejado España-, se encontró, en un «bolsillo de su gabán, un trozo de papel en el que había garabateado su último verso, un canto al pasado, una rememoración de la niñez perdida: "Estos días azules y este sol de la infancia"». Se fue como siempre había deseado: ligero de equipaje.

Figura 1. Maleta de Walter Benjamin, de Agnes Wo

Fuente: cortesía de la artista


Y ese verso guardado en un bolsillo me recuerda otras historias como la de Viktor Frankl, con su libro El hombre en busca de sentido cosido al forro del abrigo con el que llegó a Auschwitz. O la del padre del colombiano Héctor Abad Faciolince, en cuyo bolsillo tenía, en el momento de ser asesinado en Medellín, un papel en el que había escrito unos versos de Borges: «Ya somos el olvido que seremos». Y ese es el título de la hermosa novela en la que el hijo cuenta la historia del padre al que tanto amara: El olvido que seremos.

La poesía entonces como equipaje, como talismán frente a la muerte. Como los versos de Robert Desnos, escritos en el campo de concentración en que murió:

Tanto soñé contigo que pierdes tu realidad. ¿Habrá tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo y besar sobre esa boca el nacimiento de la voz que quiero? Tanto soñé contigo que mis brazos habituados a cruzarse sobre mi pecho abrazan tu sombra, quizá ya no podrían adaptarse al contorno de tu cuerpo.

En esos versos no se refiere a la violencia, ni al dolor ni al hambre, sino que creó en esas circunstancias de muerte uno de sus más delicados poemas de amor.

María Zambrano llevó consigo el recuerdo de su amigo poeta que caminó junto a aquellos que nada tenían. Eso guardaba en su maleta; esa imagen, ese sentido ético de la creación y de la vida misma, ella que vivió la mayor parte de su existencia fuera de España e hizo de la condición de exiliada uno de los núcleos de su pensamiento.

El equipaje del destierro es aquello que logramos salvar del naufragio de la vida; aquello que nos da identidad y pertenencia en su esencia más pura.

La "nodriza del pensamiento", llama María Zambrano a la memoria. Perderíamos nuestro ser y nuestro rostro, nuestra historia y nuestros pasos si no tuviéramos memoria. Perderíamos el sentir y la razón, la luz y la poesía. Pero ¿cómo guardarla en unos cuantos bultos? La memoria es nuestro hogar, como lo era para ese pequeño hijo de españoles que, de noche, en el campo de concentración francés, dormía en la maleta de sus padres vuelta cuna, protegido orgullosa y entrañablemente por la bandera de la República.

Tanto soñé contigo que pierdes tu realidad. ¿Habrá tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo y besar sobre esa boca el nacimiento de la voz que quiero? Tanto soñé contigo que mis brazos habituados a cruzarse sobre mi pecho abrazan tu sombra, quizá ya no podrían adaptarse al contorno de tu cuerpo.

Estos son los últimos versos que escribió Robert Desnos. Encerrado en el campo de concentración de Terezin, sometido a las peores privaciones y vejaciones, dedicó sus días finales a escribir un poema. En él no habla del horror, no habla de la violencia, no habla del dolor ni del hambre que padecía. El poeta surrealista creó en esas circunstancias de muerte uno de sus más delicados poemas de amor.

A pocos días de la liberación, un estudiante checo lo reconoció entre otros hombresmoribundos,yvioquedelbolsillodesutrajearayasasomabaunpapel: Tanto soñé contigo... estaba escrito. (Lorenzano, 2024, pp. 20-22)

Pero mi realidad no es solo nuestro exilio conosureño, ni el de los republicanos españoles, ni siquiera el de mis abuelos rusos huyendo de los pogroms zaristas, ni el de los italianos huyendo del hambre y la miseria. Mi realidad es también, desde hace casi medio siglo, la del país que me dio hogar: México.

Y allí la guerra es la guerra del crimen organizado, una guerra comenzada por el presidente Felipe Calderón y cuya intensidad no ha bajado con los sucesivos gobiernos: ni con los de derecha ni con los de izquierda. Las cifras crecen de una manera escalofriante. Hay "125.287 personas desaparecidas, según el registro de la Secretaría de Gobernación, que recoge datos del último siglo. El 90 % desapareció desde 2006 y a más de 60.000 personas se les perdió el rastro a partir de 2019". Muchos de ellos son migrantes centro y sudamericanos que buscan llegar a Estados Unidos, muchos son desplazadas y desplazados por la violencia del crimen organizado (San Juan Flores & Guillén, 2025). "Y Dios también estaba en exilio, migrando sin término; viajaba montado en La Bestia y no había sufrido crucifixión sino mutilación de piernas, brazos, mudo y cenizo todo Él mientras caía en cruz desde lo alto de los cielos...", escribe el poeta chiapaneco Balam Rodrigo (2018, p. 8).

En 1970, las mujeres solo representaban el 2 % de todas las migraciones a nivel mundial. Hoy son el 49 % de la cifra total, y en América Latina esta cifra aumenta hasta el 50,1 %.

¿Ya dije que, según Amnistía Internacional, «el 80 % de las mujeres y niñas migrantes que provienen de Centro América son violadas mientras cruzan por México»?

"Es lo más horrible que me ha pasado en la vida", dice Paola cuando le preguntan sobre su viaje a bordo de la Bestia. La policía municipal la golpeó para robarle el dinero que traía y por eso tuvo que viajar pidiéndole monedas a la gente. El miedo se ha vuelto su acompañante más fiel. Mary se cayó del tren en movimiento y las ruedas le cortaron las piernas. Lucero estuvo secuestrada durante varios días. A Sofía la violaron los guardias fronterizos. A Matilde la prostituyeron. Todas saben que la parte más difícil del camino es el paso por México. "Pienso en mis hijos y en todo lo que les hace falta, y pues sigo adelante". Necesito buscar, saber, decir. Aunque no lo soporto. (Lorenzano, 2024, p. 119)

Llevo ya muchos años trabajando sobre este tema y, por supuesto, no puede no formar parte de mi realidad. Y ahí están las Madres Buscadoras o Las patronas, mujeres tan ineludibles en mi vida y en mi escritura como las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

En la entrega de los Premios Princesa de Asturias, la poeta rumana Ana Blandiana, Premio de las Letras, dijo:

¿Puede "ese algo liviano, alado y sagrado", como definió Platón a la poesía, detener nuestra caída hacia la nada? De hecho, la pregunta, que no lanzo por primera vez, es: "¿Puede la poesía salvar al mundo?", y mi modesta pero firme respuesta viene avalada por hechos asombrosos.

Habló entonces del "capital de esperanza" que la poesía representa, poniendo como ejemplo la resistencia que la palabra poética significó en las cárceles de Ceausescu.

A falta de lápiz y papel, que estaban prohibidos, todo poema necesitaba para su existencia de tres personas: la que lo componía, la que lo memorizaba y la que lo transmitía a través del alfabeto morse, y a pesar de estas precarias circunstancias se compusieron miles de poemas que consiguieron pasar de celda en celda y de prisión en prisión. (Blandiana, 2024)

Esa posibilidad de salvación que las palabras representan me recuerda, claro, a la poesía nacida entre los presos y presas de la dictadura argentina (1976-1983).

¿Cómo no volver a Desnos leído por Raúl Zurita? "Tanto soñé contigo..."

Zurita retomó esta historia al recibir el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2016. Dijo entonces:

Opongo entonces la infinita devoción de ese poema, su insobornable pureza, a todas las crueldades de la historia, porque si la poesía de Robert Desnos no existiera, si el arte no existiera, probablemente la violencia sería la norma. Pero existe, y el solo hecho de que alguien en medio del holocausto, pueda escribir algo tan increíblemente bello como "Tanto soñé contigo que pierdes tu realidad", hace que el crimen sea infinitamente más crimen y el asesino infinitamente más asesino. (Zurita, 2016)

Y tal vez sólo por eso escribimos: para mantener esa humilde esperanza, quebrada, fracturada, zurcida, pero firme, y lograr así abrazar a nuestros muertos.



Notas

1 "El fin del arte, y aquí digamos de la escritura, no es alumbrar el pasado o predecir el futuro, ni mucho menos atisbar la posteridad, sino alcanzar el infinito pueblo de los muertos cuyos habitantes deambulan con suma paciencia en riberas claroscuras aguardando los signos 'procedentes del aquí'" (Rivera Garza, 2023).

2 "Mientras otros creadores apostaban por la abstracción o el minimalismo para reflejar el desconcierto que vivían, Kiefer prefirió una figuración expresionista y turbulenta, plasmada en una obra teñida de luto y melancolía" (Álex Vicente, 2015).



Referencias

Benjamin, W. (2008). Tesis sobre la historia y otros fragmentos (B. Echeverría, Trad.). Ítaca. https://introconquista.files.wordpress.com/2018/11/benjamin-walter-tesis-sobre-la-historia-y-otros-fragmentos.pdf

Blandiana, A. (2024). Discurso Premio Princesa de Asturias de las Letras. Fundación Princesa de Asturias. https://www.fpa.es/es/premios-princesa-de-asturias/premiados/2024-ana-blandiana/?texto=discurso

Celan, P. (1996). Discurso de Bremen (R. Ibarlucía, Trad.). Diario de poesía, 10(39). https://ahira.com.ar/ejemplares/diario-de-poesia-n-39/

Garrandés, A. (2024, mayo 2). Por la esperanza (pequeño y drástico material de sobrevida). Hypermedia Magazine. https://hypermediamagazine.com/columnistas/disensiones/ por-la-esperanza-pequeno-y-drastico-inventario-de-sobrevida/

Han, B.-C. (2024). El espíritu de la esperanza. Herder.

Lorenzano, S. (2024). Herida fecunda (1.a ed.). Páginas de Espuma.

Pizarnik, A. (2003). Prosa completa. Lumen.

Rivera Garza, C. (2023). Nadie escribe en soledad. Anfibia. https://www.revistaanfibia.com/cristina-rivera-garza-no-ficcion-nadie-escribe-en-soledad/

Rodrigo, B. (2018). Libro centroamericano de los muertos. Fondo de Cultura Económica.

Rondero, A., & Valadez, F. (Directores). (2024). Sujo [Video recording]. https://www.filmaffinity. com/es/film391758.html

San Juan Flores, P., & Guillén, B. (2025, marzo 23). México, el país que desaparece: Sin rastro de 125.000 personas. El País. https://elpais.com/mexico/2025-03-23/mexico-el-pais-que-desaparece-sin-rastro-de-125000-personas.html

Sebald, W. G. (2003). Sobre la historia natural de la destrucción. Anagrama.https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/sobre-la-historia-natural-de-la-destruccion/9788433970169/PN_556

Vicente, A. (2015, diciembre 24). Kiefer y el luto que no cesa. El País. https://elpais.com/cultura/2015/12/21/actualidad/1450719073_365338.html

Wenders, W. (Director). (2023). Anselm [Video recording]. https://www.filmaffinity.com/es/film688400.html

Zambrano, M. (1988). Discurso de recepción del Premio Cervantes. Archivo RTVE. https://www.rtve.es/rtve/20141021/discurso-maria-zambrano-premio-cervantes-1988/1033544.shtml

Zambrano, M. (1989, agosto 28). Amo mi exilio. ABC. https://www.scribd.com/document/841795954/Zambrano-1989-Amo-mi-exilio

Zurita, R. (2016). Discurso de recepción del Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Fundación Pablo Neruda. https://cultura.fundacionneruda.org/2021/06/premio-iberoamericano-a-raul-zurita-2016/




Inicio