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NARRAR CON PALABRAS DE OTROS: ECOS DE LA GUERRA Y LA MIGRACIÓN. ENTREVISTA A MARÍA TERESA ANDRUETTO |
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DOSSIER
Bibiana Eguía1
Silvia Cattoni2
1 Universidad Nacional de Córdoba
0009-0002-0577-5700
Bibiana.eguia@unc.edu.ar
2 Universidad Nacional de Córdoba
0000-0002-2247-2565
silvia.cattoni@unc.edu.ar
1 Profesora adjunta de Literatura Italiana de la Universidad Nacional de Córdoba. Su línea de investigación actual indaga en la renovación literaria local promovida por la inmigración italiana arribada a la Argentina. Sus publicaciones atienden a las relaciones entre la literatura argentina e italiana. Ha publicado artículos sobre literatura italiana y sobre las relaciones entre la literatura y la inmigración italiana en Argentina.
2 Profesora titular de Literatura Italiana y Literatura Occidental Contemporánea de la Universidad Nacional de Córdoba. Su línea de investigación y sus publicaciones se orientan a las relaciones entre la literatura argentina e italiana. En el marco de las relaciones entre estas literaturas ha publicado numerosos artículos sobre literatura italiana, el fenómeno literario del cambio de lengua y las relaciones literarias entre Italia y Argentina.
Fecha de recepción: 31 de marzo de 2025
Fecha de aceptación: 13 de junio de 2025.
Referencia: Eguía, B., Cattoni, S. (2025). Narrar con palabras de otros: ecos de la guerra y la migración. Entrevista a María Teresa Andruetto. Cultura Latinoamericana, 41(1), 148-156. http://dx.doi.org/10.14718/CulturaLatinoam.2025.41.1.9
1. Uno de los temas relevantes de su obra es la migración, que aparece como contenido autobiográfico y tiene como escenario de fondo la guerra. ¿Circularon en su familia relatos vinculados a la guerra? ¿Esa referencia alcanza solo al ámbito familiar o, a través de ella, intenta ahondar el pasado común de tantos migrantes que, expulsados por la violencia política, se vieron obligados a abandonar la propia tierra? ¿De qué modo su obra recupera la voz de esos migrantes que ven en el desplazamiento territorial una forma posible de escapar de la guerra? ¿En su obra, la guerra, sea como tema o como problema, condiciona los argumentos?
Todo eso al mismo tiempo. La guerra, la Segunda Guerra Mundial, estuvo siempre presente entre nosotros. Mi papá, que era turinés y nació en 1921, fue llamado al frente cuando tenía 18 años. Estuvo dos años como soldado y luego desertó y se unió al movimiento partisano. Hablaba de eso, tanto de una como de la otra cosa, del hambre también, de la vida a escondidas, del dolor y la miseria de la posguerra y de algunas circunstancias familiares que lo habían salvado de cosas peores. Llegó a Argentina en noviembre de 1948. Entonces la guerra fue, sí, una marca, una memoria familiar, una herida en él y un poco también en sus hijos, pero también estaban otros inmigrantes, de esa y de otras guerras, que circulaban por el pueblo, algunos trastornados, otros con una tristeza indefinida en los ojos, otros con marcas en el cuerpo como el padre de un amigo con la espalda atravesada por un corte de bayoneta desde el omóplato hasta la cintura, un hombre que se había salvado fingiendo estar muerto. Hablábamos de eso los niños, se hablaba de todo eso. Cuando yo era chica o joven, se hablaba de la guerra, como si solo hubiera habido una. Después nos hemos ido acostumbrando a que es parte de la historia, vergüenza del siglo que pasó y de este, hemos ido sabiendo que es así de absurda nuestra pobre humanidad. En cuanto a si eso condiciona los argumentos, no sabría decir si los condiciona, porque en general (salvo en Stefano quizás) no han estado en el comienzo de cada proyecto de escritura, pero sí que, más tarde o más temprano inevitablemente, aparecen aquella guerra u otras formas de violencia como la dictadura en nuestro país. Aparecen como una de las más habituales formas del dolor de vivir y del daño de unos sobre otros, como ahora mismo con las matanzas en Gaza. La migración de un país a otro y la migración interna son, a veces, igual de dolorosas. Hay algunas cosas (la relación con la comida, con el trabajo, con el dinero) en las que los migrantes de todas partes se parecen. Pienso mucho en eso, por qué razón migra una persona si no es por violencia, expulsión, pobreza. No se migra porque sí, hay mucho dolor ahí en ese desarraigo, más aún si implica un cambio de lengua.
2. En Stefano (1997), una de sus novelas emblemáticas, usted literatu-riza la relación entre guerra y migración. En algunas entrevistas ha mencionado que su padre no hablaba de su pasado en Italia (tierra a la cual no regresó). ¿Cómo interpreta el silencio de Stefano respecto de ese pasado italiano? ¿Era ese silencio, el silencio de su padre? ¿Cómo participó su padre en la guerra y en el movimiento partisano?
El silencio, el ensimismamiento, era una característica de mi padre. Tal vez, generalizando, lo es o lo era del hombre piamontés. Sin embargo, cuando pude ir a Italia a conocer a la familia de mi padre, cuando ya este había muerto, me hablaban de él cómo de un hombre muy distinto al que yo conocí, un hombre alegre, seductor, pese a los tiempos difíciles y, en cambio, el padre que yo recuerdo era sombrío, con una nube de tristeza suave, adormilada, siempre. Solo mi madre podía revertir un poco, con su chispeante vitalidad, esa tristeza soterrada. Una de las cosas que más me conmueve recordar es su conmoción al recordar la despedida de su íntimo amigo, Paolo, a quien mandan a Etiopía (le pedimos al comandante si nos podíamos dar un abrazo). También el hambre, el escapar de una casa a otra, el rogar por comida. El episodio de si comer lo blanco o lo amarillo de un huevo que puse en Stefano es verdadero, el momento en que mató a un caballo herido y lo carneó sin saber hacerlo para el grupo de compañeros con los que luchaba, la bajada de las montañas cuando la guerra terminó, esas cosas; el otro amigo y pariente que fue a Rusia, que logró regresar dos años después de la guerra, llegó amputado, sin piernas, para ver que, la que había sido su mujer, ya era mujer de su hermano y tenía hijos con él. Cosas así...
En lo que respecta a mi padre, él se unió al movimiento partisano, era un muchacho, como dije. Sé que fue llamado al servicio, más aún, que se presentó voluntariamente, muy a su pesar, para responder a los ruegos, las súplicas de su madre que supo por un familiar que era cura (don Roberto Pronello) que Italia estaba por entrar en guerra y que por la edad iban a llamar sí o sí a mi papá. Ese religioso pariente de mi abuela le dijo que, si se presentaba como voluntario, tal vez lo dejaban en mejor lugar, no lo sacaban de Italia. Y así fue: mi padre se presentó y una semana después Italia entró en guerra. A él lo destinaron a Milán, mientras que a muchos otros de su edad los mandaron al frente de batalla donde muchos murieron. Sé que estuvo dos años en Milán y después desertó y se unió al movimiento partisano, un lugar menor, contaba que se había ocupado del racionamiento de comida. Estuvo hasta el final de la guerra en las montañas, zonas vecinas a su pueblo (Airasca, a pocos kilómetros de Torino), siempre con un bagayo al hombro (eso aparece en el poema "Del latín recordis", de Pavese y otros poemas, después incluido en Poesía reunida) (Andruetto, 2019). Hablaba de todo eso, sí y hay una mención a su actividad como partisano en un pequeño libro sobre la zona. Hablaba de la falta de comida, del temor de su madre, de los compañeros, sí, de todo eso, alimentando esa nostalgia heredada que un poco me atraviesa.
3. ¿Qué función cumplió la voz de su madre en la preservación de las historias de vida de sus abuelos italianos? ¿Cómo ingresan estas historias familiares en la trama narrativa de sus obras?
Mis abuelos paternos se quedaron en Italia, solo mi papa emigró. Mis abuelos maternos vinieron a Argentina a fines del siglo XIX. Forman parte del aluvión inmigratorio más pobre. Mi bisabuela materna nació en Argentina (¡durante la presidencia de Sarmiento!), cerca de Rosario, de padre y madre italianos, trabajadores golondrina que vinieron a hacer la cosecha del trigo, y cuando ella tenía meses o un año regresaron a Italia. Luego ella volvió aquí ya viuda, enviudó joven; vino con mi abuela, la madre de mi mamá, quien al entrar al país tenía seis años. Fueron siempre pobres, muy pobres, trabajadores de subsistencia. Parte de sus vidas está diseminada (transformada y ficcionalizada) en mis libros, sí. En Aldao, la parte de Ilaria toma en cierto modo sus historias, nunca de modo fiel, porque mi interés no es la autobiografía, sino prestarle rasgos biográficos míos a los personajes cuando lo necesitan. También hay algo en Stefano, la mujer que bate doce huevos para hacer un flan, que Stefano mira azorado, está tomada de mi abuela Felicitas, la madre de mi mamá, porque eran muy pobres, pero comían muy bien de sus gallinas, sus pollos, sus huevos, su huerta. En todos ellos ingresa de forma parcial, estallada, diría. En Lengua madre, por ejemplo, yo no estuve en un sótano, no fui madre ni en esa época ni en esas condiciones, ni mi hija viajó a estudiar al extranjero, ni se criaron con mi madre, pero sí algunas cosas que dice Ema se las escuché a mi madre o se las dije yo a mis hijas y algunos detalles o gustos de Julieta y de Julia son míos... En La niña, el corazón y la casa, creo que lo único familiar es el pueblo, la descripción del pueblo donde vive la madre de la niña, me parece que nada más, no recuerdo otra cosa. En el caso de Stefano, el personaje lleva el nombre de mi padre (su segundo nombre) y, aunque viene en otra época y a otra edad y le pasan otras cosas, algunos detalles como la música o las comidas son recuerdos de mi casa y lo que sí es biográfico es, en parte, el modo en que Stefano y Ema se conocen, un modo parecido al encuentro de mis padres. Recuerdo que yo avanzaba con Stefano, en ese viaje, sin saber hasta dónde me llevaría y, de pronto, apareció esa circunstancia en que ellos se conocen, parecido, porque mi papa pasó por la casa de mi abuela para llevarle noticias de su madre y... se encontró con mi madre. Pero no es casual que muchas veces se hable de que la de Stefano es la vida de mi padre, o que Lengua Madre refleja mi vida, porque mi escritura juega con ese borde, disuelve ciertos límites, funde eso, confunde.
4. En los poemas de Cleofé (2017) usted construye un entramado simbólico en el que convergen la memoria, el cuerpo y la naturaleza. ¿Hay en esta convergencia un vínculo directo con la voz materna y el resguardo de la historia familiar?
En Cleofé (en la segunda parte del libro, más específicamente) está la voz materna a tal punto que es un libro, podría decir, escrito con mi madre, ya en su habla un poco extraviada. Todo lo que en esa segunda parte del libro está en cursiva es la palabra de mi madre, fragmentos de lo escuchado en sus últimos cuatro años, editada por mí, reacomodada, reorganizada, preservada en la memoria o en anotaciones. Lo que está en redonda, en cambio, son textos inventados por mí para sostener su palabra, para recibirla, para alojarla.
5. En Pavese y otros poemas (1998), usted relata que su madre preservaba la historia familiar más allá de la tierra de origen. ¿Qué particularidad puede reconocer en la función que ella ejercía?
Mi madre era el sostén de la memoria de mi padre. Tanto le había contado él de su vida y tanto sabía escuchar ella, que terminó sabiendo de su vida más que él, podría decir. Podría decir que el relato de la experiencia se hizo más grande, más poderoso que la experiencia misma.
6. Volviendo al tema de la violencia política, que es tan significativo en su obra, ¿usted cree que el escenario de la guerra de los padres, en Europa, pueda resignificar el escenario de la dictadura militar argentina que vivieron los descendientes? ¿En qué medida esta resignificación —y pienso, por ejemplo, en los relatos de Cacería (2019)—, da cuenta de su compromiso con la memoria y la justicia? ¿De qué modo la literatura puede ir más allá de la mera denuncia y construir un espacio nuevo para pensar estos problemas?
Aquí sí llegamos a algo quizás estructurante de mis ficciones. La dictadura, la lucha, por un lado, la opresión, por el otro y, especialmente, la resistencia. Eso se ve, creo, en La mujer en cuestión, en Lengua Madre, en Aldao, en algunos cuentos como "La Parisina" incluido en No a mucha gente le gusta esta tranquilidad o "Los rastros de lo que era", incluido en Cacería. Cómo sortear el espanto, la persecución, la violencia, cómo vivir el insilio, cómo salvarse, las traiciones, los rumores, los salvatajes, la solidaridad de algunos para con otros, la resistencia, la luminosidad también en medio de las carencias, todo eso. Creo que los relatos de la guerra, de parte de mi papá, y los de la pobreza, de parte de mi mamá, la orfandad y la fragilidad tan temprana de mi abuelo materno, y la fuerza y capacidad de resistencia de mis dos abuelas y de mi bisabuela materna fueron el sustrato sobre el que me puse de pie. Siempre estuvo eso, y como eso estaba, también estuvo la sensibilidad para ver y oír a otros que padecían distintos dolores y admirar distintas formas de resistencia entonces y después y ahora mismo.
7. Sus textos conforman un territorio donde las historias colectivas e individuales se entrelazan, resuenan unas en otras, y en estas vinculaciones se puede observar una exploración personal en el lenguaje que busca ahondar los dilemas humanos. ¿Qué lugar ocupan los marginados o invisibilizados en estos textos? ¿Cómo se define esta voz en su poética?
Hay algo sagrado en la vinculación entre un escritor, su lengua y su sociedad, eso he dicho alguna vez y eso siento, porque un escritor le pide prestada la lengua a su sociedad y es con ella que escribe, con una lengua que, si bien es suya, no es solo suya sino de muchos. Me interesa particularmente, más que eso, diría que lo que atrae al ojo es ese umbral donde lo privado y lo público se tocan, ese lugar que los griegos sabían utilizar muy bien en sus tragedias, el umbral desde el que se puede oír lo que pasa dentro del palacio y lo que trae de afuera el mensajero. Lo privado que se vuelve público. Por eso, también mi interés por los personajes mujeres. Me interesan los márgenes, los bordes sociales. Quizás la palabra no es interés, es más que eso, es hacia dónde el ojo mira y el oído escucha sin que lo guiemos. Conozco un poco eso desde adentro, en ciertos momentos de mi vida, primera infancia y tiempos de la dictadura lo he vivido desde adentro. Pero no es porque me interese quedarme en lo marginal, sino porque pienso que en esos márgenes hay también belleza y hay riqueza, y hay una diversidad de la que podemos aprender todos. Voy ahí porque ahí también hay riqueza, hay sobre todo resistencia. Y voy ahí porque fue parte de mi experiencia. Creo que un eje en toda mi escritura es la búsqueda de una identidad siempre esquiva, siempre compleja, escurridiza. Y en esa búsqueda de identidad individual, la búsqueda y el asomo a una identidad colectiva, hecha siempre del mestizaje, de la mixtura, la riqueza de la diversidad, la inclusión de todas las formas de vida posibles para la construcción de una vida colectiva capaz de absorber todas esas riquezas singulares. En fin, un camino que desde la historia con minúsculas me lleva siempre (me doy cuenta cuando estoy metida en el corazón de un proyecto de escritura que otra vez voy hacia eso, como he ido en otros libros) a la Historia con mayúsculas, en un viaje de ida y regreso, una y otra vez. No sé si en todos mis libros, pero en las novelas, seguro. En Tama, en Los Manchados, en Lengua Madre, en Aldao sentí eso cuando estaba avanzada en la escritura, ya metida hasta la pepa del alma en esos mundos. Otra vez es la diversidad, el oído atento a los matices, a las sutilezas, al recibimiento amoroso de lo diverso, la maravilla de la escucha. Sin eso no hay para mí literatura.
8. Además de Pavese, cuya referencia es explícita, ¿qué otros escritores italianos y también argentinos habitan su biblioteca personal? ¿De qué modo construye en sus textos con ellos las relaciones necesarias de lectura y escritura?
De los italianos, especialmente los del neorrealismo, en un sentido amplio, Pavese, Calvino (sobre todo el primer Calvino y el de los libros de memorias), Natalia Ginzburg, Vasco Pratolini, Elio Vittorini, Fenoglio, Silone, Primo Levi, Carlo Levi, Sciacia, Dino Buzzati, Elsa Morante, a todos ellos y a otros muchos los he leído con fruición. También el cine del neorrealismo me ha marcado. Y los muy leídos poetas del siglo XX, desde Pavese al gran Eugenio Montale, Alda Merini, Rita Baldasarri, Caproni, Sereni, Ungaretti, Umberto Saba, Pasolini, Quasimodo, Bertolucci...
Entre los argentinos, las tradiciones que me interesan son muchas, pero tienen una fuerza especial los escritores que en su mayoría se ven interrumpidos por la dictadura, ya sea por muerte, desaparición, exilio o llamado a silencio, entre los que podría nombrar a Libertad Demitrópulos, Daniel Moyano, Antonio Di Benedetto, Elvira Orphée, Andrés Rivera, Haroldo Conti, Carlos Hugo Aparicio, Héctor Tizón, Juan José Hernández, Amalia Jamilis, Aurora Venturini, Sara Gallardo, Syria Poletti, Bernardo Kordon..., por nombrar algunos. Son escritores en general de las provincias, que eligieron el realismo y lo forzaron para sacarlo del costumbrismo, que tomaron posicionamiento político, que trabajaron de otra cosa para vivir, que plasmaron los grandes y pequeños dramas de los pueblos, del país adentro... También he leído y leo mucho a mujeres (las nombradas, más Nira Etchenique, Angélica Gorodischer, Estela Canto, Marta Lynch, Rosa Quenel... ¡hay tanto!), y, por supuesto, las contemporáneas, a las que sigo en su diversidad y a algunas con verdadero interés. También me interesa mucho la literatura política de mi país, tanto ensayo como narrativa (Ricardo Piglia, Rodolfo Walsh, Martín Kohan... Rozenmacher, Viñas, José Pablo Feinmann —todos han olvidado sus grandes novelas, La astucia de la razón, El ejército de cenizas...—), y mucha, pero mucha poesía argentina clásica y contemporánea. Nunca sabe uno cómo funcionan las influencias porque todo lo que se lee forma un sustrato, como un lodo hecho de tanto y tanto, y entonces la influencia es sobre todo la mezcla, la mezcolanza... me da pudor decirlo porque ¿quién sabe si es así como digo o si es una expresión de deseo? Pero creo que Pavese, Natalia Ginzburg y Vasco Pratolini son los italianos a los que más se aproximan ciertas zonas de mi escritura, y en los escritores argentinos, me da la impresión de que Daniel Moyano.
9. ¿Qué significa para usted ser escritora hoy? ¿Qué valor tienen la escritura y la literatura en una época que ha naturalizado la violencia, el materialismo, y que ha olvidado los valores más auténticos de la tradición humanística? ¿Cuál es su relación con la palabra y con la lengua?
No sabría decir qué valor tiene para otros. Para mí, la lectura de otros me abre a nuevos conocimientos, a sentimientos nuevos, expande mi manera de ver el mundo. En cuanto a lo más propio, escribo en el deseo, en la curiosidad de comprender algo de lo humano que, en una imagen o un personaje que se va dibujando, se me presenta como incógnita. Para comprender y también... en el deseo de ser comprendida. La relación con la palabra es la más intensa que pueda imaginar y lograr. Ir hasta donde sea posible, siempre más acá de lo que buscamos y nunca se alcanza, tanto en su sonido como en sus sentidos. En cuanto a la lengua, me interesa captar modos de la lengua que habitan las bocas de los hablantes. Me interesa mucho la oralidad, el lugar más inestable y más rico de una lengua, me interesa escuchar cómo una lengua vive en la boca de sus hablantes, esa diversidad, y cómo, en cada una de esas formas de habitar, se puede ver a un personaje todo, su procedencia, su edad, su condición de clase, un ánimo.
10. Su hija -Juana Luján (Córdoba, Argentina; 1981)- publicó los poemarios Fiestita (2005), Álbum familiar (2011) y Danger (2012). Como madre y escritora, y atendiendo a la importancia de que la presencia italiana ha construido parte de la identidad en su obra, ¿cree que en la obra de su hija se reconoce el legado de la madre?
Juana es para mí una poeta de obra publicada (tiene varios inéditos) extraordinaria. La presencia de ella en mí y mía en ella es muy intensa. Las palabras, la escritura, los libros en general, la poesía sobre todo, también otras formas del arte como la pintura y la fotografía son un territorio tan intenso como amoroso entre las dos. Las dos trabajamos en la colección Narradoras Argentinas que edita Eduvim, y ese es otro punto de encuentro, la escritura de otras mujeres, pero en cuanto a su poesía, el mundo que refleja, su universo, es más bien el universo más mítico de las mujeres de su rama paterna. A veces también logra hacer poesía de experiencias en cierto modo científicas o antropológicas. Su modo de sentir y de pensar, y su modo de entrar en las palabras siempre me sorprende.
Referencias
Andruetto, M. T. (1998). Pavese y otros poemas. Ediciones Argos.
Andruetto, M. T. (2019). Poesía reunida. Ediciones en Danza.