No para siempre en la tierra... solo un poco aquí Ah nochipa tlalticpac... zan achica ye nican
UNA CONVERSACIÓN CON MARÍA OSPINA PIZANO


NOTAS, DISCUSIONES Y ENTREVISTAS

Emilia Perassi 1

1 Università di Torino


Fecha de recepción: 17 de julio de 2025
Fecha de aceptación: 22 de julio de 2025.


Referencia: Perassi, E. (2025). No para siempre en la tierra... solo un poco aquí / Ah nochipa tlalticpac... zan achica ye nican. Una conversación con María Ospina Pizano. Cultura Latinoamericana, 41(1), 195-199. http://dx.doi.org/10.14718/CulturaLatinoam.2025.41.1.12



Solo un poco aquí es el título -tomado de uno de los poemas más estremecedores del legendario príncipe poeta Netzahualcóyotl- que encabeza la última novela de la escritora colombiana María Ospina Pizano (Bogotá, 1977), publicada por Penguin Random House en 2023. Doctora en Literaturas Hispánicas de la Universidad de Harvard y profesora de Cultura Latinoamericana y Escritura creativa en la Wesleyan University, Ospina Pizano es autora de la admirable serie de cuentos Los azares del cuerpo (editorial las afueras, 2017) y del ensayo El rompecabezas de la memoria: literatura, cine y testimonio de comienzos de siglo en Colombia (Iberoamericana Vervuert, 2019). Galardonada con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz de Literatura en 2023 y el Premio Nacional de Novela entregado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes de Colombia en 2024, Solo un poco aquí ha sido traducida al italiano y al inglés, aclamada por la crítica y los lectores por su magnífica escritura y la honda reflexión que propone.

Organizada en seis capítulos, cada uno introducido por unos epígrafes que vigilan con luminosa potencia el camino de la lectura, la novela establece a sus personajes en una serie de animales: dos perras, una tángara, una puercoespina y una escarabaja. Mezclados con lo humano, lo miran y lo cuestionan, lo devuelven a la compleja urdimbre del mundo, recordando sus dimensiones estratificadas y plurales

-bosques, cielos, mares, humedades subterráneas- desde las que la vida se expresa, no solo biológica, sino también sentimentalmente. Evitando todo antropomorfismo, la voz de la narradora acompaña a las protagonistas en su interminable viaje por los espacios de la tierra: desde los parques de Bogotá, donde duermen los indigentes, hasta los brumosos bosques andinos; desde la nevera donde la escarabaja se encierra entre las hojas de ensalada, hasta las enrarecidas altitudes donde vuelan las aves migratorias. Entre ellas, una tángara diminuta, de la familia de los jilgueros, acompañada mientras recorre las rutas entre el norte y el sur de América, en busca de los bosques que han quedado impresos en su memoria durante siglos y que ahora se encuentran al borde de la muerte ecocida. ¿Cómo reacciona el animal ante todo esto? ¿Cómo siente esta transformación y esta muerte? Una retórica de la duda y la incertidumbre, virtuosamente construida sobre las posibles variantes del periódico hipotético (quién sabe si, quizá, es probable, parece que, tal vez... ) permite al narrador imaginar las posibles emociones, su complejidad y variedad, de los "más que humanos" ante la ocupación del mundo por los humanos.

Durante su gira italiana para presentar la traducción de Solo un poco aquí (Edicola edizioni, 2025) conocí a María y le hice algunas preguntas.

Emilia Perassi: Tu novela se abre con un capítulo titulado "Coloquio de las perras", que remite a una de las Novelas ejemplares más conocidas de Cervantes, "Coloquio de los perros". Muchos críticos consideran la novela cervantina a la vez alegórica y autobiográfica: una autobiografía no tanto de sucesos, sino más bien de "su sentimiento hacia la vida", como escribe Giovanni Previtali, es decir, contra "las injusticias que le proporcionan la suerte, la sociedad y los hombres". Retomando esta aseveración, ¿cuál es "tu sentimiento de la vida" en Solo un poco aquí?

María Ospina Pizano: Para mí es imposible caminar por el mundo sin sentir una intensa curiosidad sobre la vida soberana de seres no humanos que nos perciben y nos determinan desde otras alturas y dimensiones, y que atestiguan un mundo transformado por nosotros. Abordar ese misterio y reconocer nuestras limitaciones para comprenderlo es, quizás, uno de mis sentimientos de la vida.

E.P.: Me cuesta un poco pensar en tu novela como una "alegoría" (sigo los argumentos de Previtali para Cervantes). En cambio, creo que hay mucho material autobiográfico. ¿Puedes contarnos algo al respecto?

M.O.P.: No habría podido escribir este libro sin las décadas de atravesar montañas y sendas rurales, de convivir con perros y aprender a escuchar y observar aves e insectos, enredaderas y musgos, líquenes y follaje. Con mi madre y abuela caminé por los Andes colombianos desde niña y aprendí que desde las montañas y en presencia de otros seres era urgente otear el mundo. Esa ha sido mi investigación más profunda. Esta novela es un intento por pensar en lo que quiere decir perder la morada y encontrar un nuevo hogar, reflexiones que están ligadas a mis ires y venires entre Colombia y Estados Unidos. Cuando empecé a escribir acababa de perder mi hogar en una tierra rural en el altiplano andino colombiano donde crecí y a la que siempre peregriné a reponerme de todo. Entonces quise pensar más a fondo en la errancia y la naturaleza transitoria de cualquier hogar. Especular sobre cómo viven los animales el cambio de casa, qué podría constituir un hogar para ellos, y cómo su acto de habitar complica las nociones de la propiedad y la pertenencia, fue la forma más lúcida que encontré para abordar estos temas que siempre trascienden la dimensión humana.

E.P.: Respecto a una tradición literaria habitada por animales que simbolizan vicios y virtudes humanos, tu novela camina por otra senda: tus animales, aun siendo "ejemplares", nos llevan definitivamente al territorio de lo no humano, a su enigma. ¿Cómo te enfrentaste con el reto narrativo de construir para tus protagonistas no humanos una subjetividad basada en lo incognoscible?

M.O.P.: Mi reto era acercarme a los animales no humanos sin caer en la trampa de darles una voz, no porque carezcan de ella, sino porque es problema ético asumir que sus emociones, su pensamiento, sus modos de percibir el mundo puedan traducirse a nuestros parámetros. No es que la existencia de los animales no se deba conceptualizar -es urgente preguntarnos por su experiencia-, pero si queremos escribir la historia desde un punto de vista que abarque más que lo humano, tenemos que evitar el impulso violento de proyectar significado sobre ese otro animal y equiparar sus emociones a las nuestras. Respetar su soberanía empieza por aceptar que el animal es partícipe del mundo desde otras orillas, alturas y superficies, desde unas ontologías espaciales, temporales, sónicas y visuales propias que difieren de las nuestras, aunque se crucen con ellas. Esto implicaba alejarme del legado dominante occidental que ha planteado que los animales carecen de emociones y pensamiento complejo, y que se rehúsa a preguntar sobre ello. Mi desafío fue acercarme lo más posible al animal como persona no humana con una personalidad irreducible a nuestros parámetros y en su mundo que trasciende la primacía de la visión, mientras reconocía los límites de ese acompañamiento. Para ello concebí a la narradora como una compañera que viaja con los animales y especula sobre ellos. No como benefactora ni ser superior ni parásita, sino como alguien que les pide un aventón para ser testigo, desde su limitado conocimiento humano, de cómo cambian de morada y cómo cruzan por un mundo que tantas sociedades humanas insisten en demarcar como su hogar exclusivo. Quise que la narradora siempre diera cuenta de la imposibilidad de descifrarlos del todo. La alusión a esa curiosidad, junto con el reconocimiento de su otredad, fue mi forma de evitar antropomorfizarlos o convertirlos en alegoría.

E.P.: En un capítulo maravilloso y conmovedor como el dedicado a las aves migratorias (aunque no solo en este), destaca el paralelismo entre las milenarias rutas migratorias de las aves, que el ecocidio interrumpe, y las de los humanos hoy, también interrumpidas por el flagelo de las necropolíticas. ¿De qué forma la mirada de otros seres complica o atestigua lo humano?

M.O.P.: Nuestro devenir tiene que dar cuenta de otros seres y de cómo nos configuramos mutuamente. Porque todas las especies están situadas históricamente, tenemos una responsabilidad de comprender la historia como más que humana. Hablar del trabajo, del afecto, de la vida comunitaria, de la política, de la guerra, de las fronteras políticas, requiere una mirada que dé cuenta de que las redes que tejemos están determinadas por cruces entre especies. ¿Cómo se puede, si no, entender la historia de mi país, donde se talan bosques para llenarlos de vacas, donde se fumigan químicos letales para producir y erradicar las drogas ilícitas, donde se destrozan ríos y vidas para sacar oro, donde hay gente valiente que a diario cuestiona esto, cómo abordamos esa historia sin preguntarnos por la forma en que perciben, sienten, sufren y resisten esto los seres más que humanos que también la habitan? ¿Cómo son testigos ellos de los conflictos que causamos, como es el caso de un enfrentamiento armado que los exila, de una bomba que explota en el lugar donde viven o han parado a descansar (pienso en las aves migratorias que cruzan Israel, Palestina, Ucrania, Colombia)? ¿Cómo son ellos depositarios de una memoria que algunos quisieran borrar y de una mirada justa sobre el territorio? Por ejemplo, pensar en las migraciones en las Américas considerando cómo estas aves y otras especies recorren el continente desnaturaliza las fronteras políticas que han determinado la historia de las diásporas en la región. Estas consideraciones, que para muchos pueden ser banales o minúsculas, tienen para mí una gran urgencia; están en el centro de la historia, no son sus márgenes.

E.P.: Los animales que pueblan tu novela son unas perritas, una tángara escarlata, una puercoespina, una escarabaja. ¿Cómo y por qué elegiste estos animales? ¿Qué desafíos narrativos enfrentaste al darle imaginación al género desde lo no humano?

M.O.P.: La tángara escarlata me escogió a mí cuando, hacia el año 2007, una de estas aves pequeñitas que pasan parte del año en Estados

Unidos y otra en Colombia paró un día, abrumada, en el balcón del apartamento de Bogotá al que yo había llegado a vivir temporalmente. Esa visita extraña despertó en mí una fascinación por la migración de los pájaros y sus viajes hemisféricos, y una obsesión por cómo burlan nuestras fronteras y nuestros deseos de delimitar el mundo. Porque he pasado toda mi vida con perros quise también investigar los vínculos de admiración y hospitalidad que creamos con ellos, la compañía tan asimétrica que nos rogamos mutuamente, las fantasías de control que sobre ellos proyectamos, la forma en que los amamos y, a veces, los abandonamos. Siempre he admirado a los perros callejeros de Bogotá, soberanos y valientes, y me interesa su lugar como testigos de la vida pública que complica cualquier fantasía de domesticación y de hogar privado.

También me interesaba pensar en animales que no caben dentro de nuestra categoría de "animales de compañía". En el bosque de niebla que frecuento, a 2.700 metros de altura en los Andes colombianos, habitan muchos puercoespines que están casi extintos en el resto de Colombia. El puercoespín de esta novela está inspirado en una historia que atestigüé de cerca cuando escribía el libro, y que me hizo reflexionar sobre el cuidado y el amor entre especies y la tensión entre la domesticación y la categoría de "vida salvaje". Al escribir el libro también me topé en el bosque con un mundo transformado por la llegada masiva de escarabajos voladores que décadas antes habían marcado mi infancia en Bogotá. En el suelo se localiza una historia mineral que es también la historia de nuestros cuerpos, de las ideas que forjamos sobre el hogar y de aquello que trasciende lo humano. El accidentado viaje de una cucarrona, cuya vida está ligada al mundo subterráneo, me permitió reflexionar sobre el enigma del insecto, quizás más hermético para nosotros que otras criaturas, y dar cuenta de los roces entre diferentes criaturas por aire y tierra.

Indago sobre el movimiento de estos seres, sobre lo que podría constituir para ellos un hogar, para preguntarme por las maneras en que ellos hacen reclamos a los humanos y sus tecnologías, y viceversa, aunque, como dice Donna Haraway, esos reclamos nunca sean simétricos. A la vez quiero dar cuenta del intento limitado, imperfecto y lleno de paradojas de narrar esa experiencia animal.




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