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SOBRE EL LIBRO AU VOLEUR! ANARCHISME ET PHILOSOPHIE DE CATHERINE MALABOU


https://doi.org/10.14718/SoftPower.2024.11.2.11


Tomas Ibañez1

1 Universitat Autònoma de Barcelona




La importancia de su libro para esclarecer la relación que mantiene la filosofía crítica con la anarquía, así como para ayudarnos a repensar el anarquismo, queda sobradamente evidenciada por la enorme repercusión mediática que ha tenido y, sobre todo, por la cantidad de reseñas, citas, comentarios y debates que ha suscitado tanto en los medios libertarios como fuera de ellos.

Le adelanto que soy una de las personas a las que su libro ha seducido; sin duda, esto se debe a que me siento en sintonía con sus argumentos, aunque me preocupan algunos aspectos que mencionaré al final de este comentario.

Si no voy a abordar aquí sus observaciones sobre lo que usted llama el "anarquismo de hecho", es sencillamente porque mi ignorancia en la materia es colosal. Aun así, comparto la importancia que otorga a este fenómeno y la idea de que, gracias, sobre todo, a la revolución informática, el capitalismo se ha "anarquizado", por así decirlo, pero solo por así decirlo.

Así que solo hablaré de lo que usted denomina "l'anarchisme déveil" (el "anarquismo emancipatorio", en una traducción arriesgada), parafraseando ocasionalmente sus propios comentarios.

Por ejemplo, hago mía su calificación de "resurgimiento del anarquismo" para caracterizar lo que ocurrió durante la gran manifestación de Seattle en 1999, así como en todas sus sucesivas réplicas.

No es que aquellos grandes movimientos políticos se viesen "polinizados" por unas ideas libertarias que estuviesen flotando en el aire en ese momento, sino que "reinventaron" literalmente principios organizativos y tácticas de corte anarquista a partir de las prácticas desplegadas en el seno de las propias situaciones de confrontación. Esto se repitió a lo largo del primer cuarto de este siglo en las numerosas revueltas que estallaron en todo el mundo.

Esta reinvención de principios libertarios en el seno de movimientos ajenos al recinto anarquista tradicional ha dado vida, como ya ocurrió en mayo de 1968, a lo que he denominado un "anarquismo extramuros".

También estoy totalmente de acuerdo con usted en que el anarquismo debe trabajar arduamente para repensarse a sí mismo, llevando a cabo un auténtico aggiornamento. En este sentido, aprecio mucho su expresión "el anarquismo que viene", algunos de cuyos rasgos ya se pueden discernir. Y, ya que nos encontramos aquí bajo los auspicios de la editorial libertaria Eleuthèra, este deseo de aggiornamento no puede sino avivar el recuerdo de aquel gran militante anarquista y excelente compañero Amedeo Bertolo, quien decía, y cito textualmente: "el viejo y sólido tronco del anarquismo es todavía vigoroso, pero debe ser podado enérgicamente, para que las ramas jóvenes puedan brotar y desarrollarse y para que pueda acoger los nuevos injertos sin rechazarlos ni sofocarlos".

Usted argumenta con acierto que la filosofía crítica contemporánea ignora "el anarquismo" y solo se interesa por "la anarquía". Esto es, cuanto menos, curioso, dado que el canon anarquista clásico no estaba desprovisto de contenido filosófico e incluso exhibía una apreciable calidad en este ámbito. Bakunin contaba con una sólida formación en este campo; lo mismo, o incluso más, se podría decir de Stirner, sin olvidar a muchos otros como Proudhon, Kropotkin, Landauer y Malatesta.

Se ha reconocido al marxismo su alcance filosófico, mientras que se le ha negado al anarquismo. Sin embargo, la diferencia entre Marx y Engels, por un lado, y los anarquistas, por otro, no residía en la menor familiaridad de estos últimos con el corpus filosófico de su tiempo, sino en su diferente relación con la filosofía. Es cierto que ambos sectores abogaban por una salida de la filosofía entendida como mera contemplación, proponiendo ponerla en acción sobre el mundo.

Sin embargo, desde la perspectiva de Marx, se consideraba que la reflexión y el análisis debían nutrir, y por tanto preceder, a la acción transformadora, a fin de poder guiarla. En cambio, desde la óptica de Bakunin, era "en el rugido de la lucha" donde se generaba y se nutría la reflexión teórica. Como bien había señalado Proudhon, la idea nace de la acción y repercute en ella en una relación de perfecta simbiosis.

Es absolutamente cierto que el anarquismo no puede equipararse al discurso filosófico; esto se debe a que "su modo de construcción", arraigado en la práctica, difiere del de la filosofía. Así, el discurso anarquista no puede ser nunca un discurso meramente "meditativo", por utilizar una de sus expresiones; solo es anarquista si es simultáneamente un discurso "militante".

Dicho esto, como usted muy bien sostiene, renunciar a la filosofía sería suicida para cualquier pensamiento político, y está claro que el anarquismo no debería hacerlo. Sin embargo, de hecho, no hay en absoluto un rechazo anarquista de la filosofía; hay un rechazo anarquista a "ser una filosofía", a ser un elemento perteneciente a dicho orden del discurso.

Además, hacia finales del siglo pasado, la filosofía y el anarquismo volvieron a encontrarse, como lo demuestra el impacto del postestructuralismo en el pensamiento anarquista. En particular, las contribuciones de Todd May, Jason Adams y Saul Newman articularon un anarquismo postestructuralista fuertemente impregnado de filosofía, que se nutrió del "anti-esencialismo radical" de Foucault. Estos autores extrajeron de su caja de herramientas instrumentos que son totalmente necesarios para entender, entre muchas otras cosas, el poder y la dominación.

Pero, si bien el anarquismo ha incorporado elementos filosóficos, usted demuestra elocuentemente que la filosofía permanece impermeable al anarquismo, incluso en el caso de pensadores que tienden a valorar positivamente la anarquía.

Esto se debe, según usted, a la estricta separación que establecen entre anarquía y anarquismo, interesándose solo por un concepto de anarquía escindido del movimiento anarquista.

Ahora bien, si es cierto que anarquía y anarquismo son dos conceptos distintos, también lo es que están "íntimamente entrelazados". Es el movimiento anarquista el que construye la idea de anarquía, al mismo tiempo que esta inspira sus pasos; erramos gravemente si descuidamos este entrelazamiento.

De los seis filósofos que usted menciona, Michel Foucault y Reiner Schürmann son los que más aprecio y mejor conozco; por lo tanto, limitaré mis comentarios a ellos para no aventurarme en terrenos —Derrida, Levinas, Agamben, Rancière— que no están suficientemente acotados por mi lectura.

No sé si Foucault había leído a Schürmann, pero lo cierto es que Schürmann estuvo profundamente influido por Foucault, como atestigua su magnífico texto "Se constituer soi-même comme sujet anarchique" ("Constituirse a sí mismo como sujeto anárquico").

Leyendo la obra de Heidegger en sentido inverso a su elaboración, Schürmann, quien había sido olvidado durante un tiempo, pero cuyo redescubrimiento está agitando a una parte de la filosofía contemporánea, contribuyó a dirigir nuestra mirada hacia "la anarquía ontológica".

Mediante su crítica de la arkhè aristotélica, mostró cómo una anarquía que hubiese descartado los "principios primeros" que legitiman el dominio de la teoría sobre la práctica no podía sino descubrir la contingencia de su propio camino y remitirse, consecuentemente, al a priori práctico.

Entendiendo por a priori práctico que las situaciones concretas son las que deben definir, en su multiplicidad, los principios particulares que, por tanto, son necesariamente múltiples —pero nunca primeros o únicos— y que guían la acción, protegiéndola de cualquier teleocracia preestablecida.

El análisis de Schürmann podría contribuir a la construcción de un anarquismo que describo como "no fundacional", despojándolo de sus proclividades instituyentes y, por tanto, de su propensión a producir dominación. Esto lo convertiría en una fuerza radicalmente destituyente, del mismo modo que Stirner conceptualizaba el proceso de "insurrección" como diferente del de revolución.

Gracias a su libro, algunas personas hemos descubierto a Derek C. Barnett y su recuperación del énfasis que Foucault ponía en "la resistencia", pero centrando ahora este concepto directamente en el anarquismo. Sostiene, por ejemplo, y usted lo cita, que "la lógica principal del anarquismo es que donde hay poder, también hay necesariamente resistencia".

Según Barnett, el anarquismo se define, ante todo y necesariamente, como "un dispositivo de resistencia" frente a toda forma de poder; es decir, se define por una relación antagónica con el poder, una relación que promueve "una ética de la revuelta" en lugar de inspirar una épica de la revolución.

La resistencia al poder no se realiza en nombre de la moral, la razón, el bien, la humanidad, la salvación o la preparación de una revolución, aunque esta última sea libertaria. En otras palabras, no se lleva a cabo en nombre de "nada" que trascienda las situaciones concretas en las que surge la resistencia. No se trata de avanzar hacia un horizonte específico, por resplandeciente que parezca, ni de obedecer a tal o cual mandato axiológico; se trata simplemente de decir ¡No! No a una determinada situación considerada inaceptable y de resistirse a ella para neutralizarla y, en el mejor de los casos, eliminarla.

Como usted afirma, la proclamación anarquista de que no es necesario ningún gobierno para vivir en sociedad está rodeada de un halo de escándalo, frente a lo que se ha presentado como una evidencia absolutamente indiscutible desde la época de la Grecia clásica: la incapacidad de las poblaciones para gobernarse directamente. Esta evidencia fue calificada por Proudhon como "prejuicio gubernamental".

Es precisamente el rechazo anarquista del prejuicio governamental, entendido como la asumpción acrítica de la legitimidad del poder gubernamental, lo que los filósofos se niegan a admitir, salvo, sin duda, Foucault, quien afirma con contundencia que "ningún poder es nunca necesario" y detalla su magnífico concepto de "anarqueología" en su curso Du gouvernement des vivants.

Por mi parte, confieso que no sé si es posible o no que los humanos, tal y como somos hoy, vivamos sin gobierno; sin embargo, estoy absolutamente convencido de que "pensar y actuar como si fuera posible" es imprescindible si queremos desarrollar formas de lucha que hagan tambalear al gobierno y abran campos de experimentación para otro tipo de vida.

Resulta, además, que creer que se puede vivir sin gobierno no define el anarquismo de forma tan substancial como afirmar que debemos resistir siempre y en todas partes a todas las formas de dominación. En mi opinión es en esta afirmación donde reside realmente el corazón del anarquismo.

Por último, me gustaría abordar lo que considero problemático. Me refiero a sus reflexiones sobre "lo ingobernable", entendido como antagonismo al poder, es decir, como desobediencia, insubordinación y negativa a obedecer; y sobre "lo no gobernable" como lo externo, lo ajeno al campo de acción del gobierno, aquello que no pertenece al orden de lo gobernable y, por ende, es indiferente o no se ve afectado por los órganos de gobierno y sus prácticas.

Es innegable el valor heurístico de esta distinción, que enriquece el pensamiento anarquista y nos incita a repensar, en particular, la relación entre libertad y poder. También es innegable que existe un vasto campo de la realidad que no se puede gobernar. La vida, que no depende de otro principio que de sí misma en su creatividad y mutabilidad, por no decir en su plasticidad, es un buen ejemplo de ello. Hay, como usted dice, y cito: "regiones del ser y de la psique a las que ningún gobierno puede llegar".

Lo no gobernable es, por tanto, una realidad innegable que marca los límites del gobierno y desafía su supuesta omnipotencia y omnipresencia. Además, la ontología anarquista —porque el anarquismo sí tiene una ontología propia, que difiere radicalmente de la propagada por la metafísica desde Aristóteles— postula una realidad hecha de movimiento, multiplicidad y contingencia, la cual desafía el campo de lo gobernable. Resulta, en efecto, que desde esa ontología una parte de "lo que es" presenta unas características que difieren de las que definen lo gobernable, tales como la estabilidad que permite ser situado y apresado facilmente, o la unicidad que excluye las líneas de fuga hacia diversas facetas, cuando una ha sido capturada por el gobierno.

Dicho esto, entiendo que lo no gobernable excluye la posibilidad misma de resistencia, porque no nos resistimos a lo que no existe y no luchamos contra lo que no nos afecta ni puede afectarnos de ningún modo al ser totalmente ajenos a ello. Ser no gobernable es, en definitiva, no poder oponer resistencia al gobierno porque estamos fuera de su alcance, tanto como él lo está de nuestro alcance.

En mi opinión, la esencia del anarquismo es manifestarse como ingobernable en la mayor medida posible y, a fin de socavar "el poder del poder". Esa es la forma de hacer ingobernables al mayor número posible de personas y colectivos.

Al igual que Diógenes, volverse indiferente al poder puede significar escapar de sus garras; sin embargo, también implica volverse incapaz de oponerle resistencia, la cual se manifiesta, entre otras cosas, en forma de lo ingobernable.

En otras palabras, es cierto que "Diógenes no puede ser gobernado", pero esto se debe a que su resistencia —y no a su indiferencia, que no es más que una estratagema— lo convierte en ingobernable, ajeno a la obediencia y firmemente arraigado en su negativa a acatarla.

Reconozco que esta parte de su libro me confunde un poco, pero al mismo tiempo tiene la enorme ventaja de animar a que nuestro pensamiento se salga de los caminos trillados y escape de ellos.

No quisiera terminar, porque ya voy a concluir, sin mencionar otro punto en el que mi coincidencia con su pensamiento es total. Dice, en una frase que me parece sumamente bella y sugerente: "el anarquismo nunca es lo que es; es en esto que es. Su plasticidad lo define" y, en efecto, yo también sostengo que el anarquismo deja de serlo en cuanto se petrifica: "es movimiento o no es anarquismo".

Usted, Catherine Malabou, contribuye a mantenerlo en movimiento y, como anarquista, militante y meditante, no puedo sino estarle agradecido por ello.




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