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RESEÑA SOBRE WITTGENSTEIN, FILOSOFÍA. RELIGIÓN Y PSIQUIATRÍA. TRADUCCIÓN AL CASTELLANO E INTRODUCCIÓN A LA OBRA "THE SELECTED WRITINGS OF MAURICE O'CONNOR DRURY. ON WITTGENSTEIN. PHILOSOPHY. RELIGION AND PSYCHIATRY DE MARÍA ARÁNZAZU NOVALES ALQUÉZAR. |
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https://doi.org/10.14718/SoftPower.2024.11.2.15
Valeria Giordano1
1 Università di Salerno
Las confusiones de la época que vivimos convierten en imprescindible el esfuerzo de situar la ciencia, la religión y la filosofía en el lugar que les corresponde. Esta es la finalidad de la esperada traducción al español realizada por María Aránzazu Novales Alquézar del libro de la editorial inglesa Bloomsbury titulado "The Selected Writings of Maurice O'Connor Drury: On Wittgenstein, Philosophy, Religion and Psychiatry". La traducción al castellano, de 708 páginas, publicada por la editorial Apeiron, lleva por título "Sobre Wittgenstein, filosofía, religión y psiquiatría", y transforma, en buena medida, la interpretación habitual de las aportaciones de Wittgenstein a la filosofía anglosajona y continental, al desligar al filósofo vienes de las posiciones defendidas por el positivismo lógico. La profesora Novales agrega a su traducción de la recopilación de escritos de Drury una introducción crítica y numerosas notas al pie, que resultan de gran interés para el lector.
La evaluación retrospectiva ha clasificado a Wittgenstein entre los filósofos más importantes del siglo XX. Su intención era delimitar la ética desde dentro. Antes de publicar el Tractatus, comentó a su editor que la cuestión central del libro era la ética. Drury sostiene que todos los escritos posteriores de Wittgenstein continúan esta idea fundamental: apuntan a una dimensión ética; mediante el riguroso delineamiento de los límites del lenguaje, colocan la ética firmemente en su lugar. Sin atender a esta dimensión, no pueden comprenderse las implicaciones de la obra wittgensteiniana en toda su extensión. Esta exigencia ética y la complejidad de su pensamiento se manifiestan con claridad en las Conversaciones entre Wittgenstein y Drury, que se recogen en esta obra en forma de diálogo. Este psiquiatra irlandés, íntimo amigo de Wittgenstein, aclara que fijar un límite infranqueable acerca de lo que puede ser dicho significativamente no se hace para condenar o ridiculizar a quienes han intentado traspasar el límite del lenguaje; por el contrario, se realiza para intensificar el mismo ímpetu y deseo de salir de nuestra jaula1. Entonces, la pregunta debería ser: "¿Por qué queremos salir ella?" "¿Por qué tenemos esa inquietud en el corazón?"2. No podemos responder a estas preguntas, ni siquiera formularlas.
El Círculo de Viena, que pretendió incluir a Wittgenstein en su seno, abogaba por una concepción científica del mundo, defendiendo el empirismo de David Hume, John Locke y Ernst Mach, el método inductivo, la búsqueda de la unificación del lenguaje de la ciencia y la abolición de la metafísica. Sin embargo, las pretensiones de este "cientificismo" eran excesivas. Wittgenstein recuerda que todas las ciencias, y lo que se conoce como sentido común, intentan decir más de lo que realmente sabemos3. La ciencia puede explicar el "cómo", pero no el "ser" del mundo. En rigor, las diferencias entre Wittgenstein y el Círculo eran, en verdad, insalvables, en particular en relación con lo metafísico y lo místico, y lo fueron desde el principio. A Wittgenstein no le gustaba asistir a sus reuniones; las pocas veces que iba, no quería hablar con ellos de filosofía. Solía apartarse para leerles poemas de Rabindranath Tagore. El Círculo realizó una lectura del Tractatus que, si no era interesada, al menos era errónea. Lo aplaudió porque parecía fundamentar brillantemente sus posturas positivistas, algo a lo cual Wittgenstein se opuso en todo momento. El final del Tractatus llama al silencio sobre las esferas ética, estética y religiosa, sobre el sentido del mundo y, en general, sobre todo aquello que caiga fuera de los límites de la ciencia, debido a su carácter inexpresable. El desacuerdo central entre Wittgenstein y el positivismo lógico era que el conjunto formal de posibilidades que se dan en el "espacio lógico" no podía ser amarrado lógicamente al mundo para cuya descripción lo usamos, ya que las relaciones lógicas se dan solamente dentro del simbolismo; es decir, la relación lenguaje-mundo era inefable. El Tractatus venía a decirnos que la relación entre lenguaje y realidad no era ni podía ser lógica, y que la relación que une un signo simple y aquello a lo que corresponde en el mundo real era algo que podía ser mostrado (gezeigt), pero no afirmado (gesagt).
Sin embargo, una vez etiquetado erróneamente como "positivista", encontraron difícil verlo de otro modo. Así, cuando, a partir de 1929, Wittgenstein retornó a la filosofía y se desplazó hacia su fase filosófica final, que culminaría en las Investigaciones Filosóficas, su estilo se entendió, más que como un rechazo, como una reconstrucción de su posición positivista anterior a partir de nuevos y más profundos fundamentos. Sin embargo, lo que realmente ocurrió fue que, posteriormente, Wittgenstein se dio cuenta de que la dependencia del lenguaje respecto de la "forma lógica" limitaba las posibilidades de la comunicación humana. Por ello, se centró en el uso del lenguaje ordinario, que opera de manera bastante confiable dentro de una multiplicidad de "juegos de lenguaje", los cuales no son reducibles al singular juego que privilegia el Tractatus. La tarea de los filósofos es restaurar las abstracciones filosóficas a su punto de partida: los lenguajes ordinarios cotidianos. A través de este medio, los problemas filosóficos no son tanto "resueltos" como "disueltos". Wittgenstein fue, ante todo, un filósofo trascendental y, en este sentido, es un error verlo como un filósofo lingüista en el sentido en que, sin duda, lo fueron G. E. Moore y los filósofos analíticos de Oxford. En los Escritos filosóficos de la Parte III, Drury afirma: "Wittgenstein no es más filósofo del lenguaje que Platón. Está profundamente preocupado por todo el misterio del lenguaje, no solo del lenguaje de las matemáticas y las ciencias naturales, sino de todo el reino de la comunicación entre una persona y otra. La diferencia entre el lenguaje hablado y el lenguaje escrito, el lenguaje de gestos y expresiones faciales, de símbolos y rituales, de música y poesía".
Por otra parte, Maurice O'Connor Drury fue, a juicio de Rush Rhees (uno de los tres albaceas de Wittgenstein), la persona con quien más habló el filósofo vienés sobre religión. La apertura espiritual de Drury desempeñó un papel crucial, revelando y posibilitando una apertura correspondiente en su amigo y maestro. Drury fue un testigo inteligente y muy cercano de lo que se ha denominado "el Segundo Wittgenstein", aunque, en rigor, Wittgenstein siempre expresó lo mismo y jamás declaró que la metafísica no existiera; únicamente sostenía que de ella no podía hablarse con sentido. Para él, lo indecible revelaba lo fundamental del pensamiento humano, y al quedar lo inefable fuera del Tractatus, no es que lo condenara al error (como hizo el Círculo de Viena), sino simplemente al silencio. Una frase que le dijo a Drury hacia el final de su vida resume muy bien el contenido del libro: "No soy un hombre religioso, pero no puedo evitar ver todos los problemas desde un punto de vista religioso. Me gustaría que mi trabajo se entendiera de esta manera".
Los escritos de Drury, en particular los registros de sus conversaciones con su maestro y amigo, revelan aspectos novedosos sobre el espíritu con el que Wittgenstein abordó la filosofía y sobre lo que esperaba de su estudio. Estos textos iluminan cómo practicó la filosofía en esa época y, más en general, cómo, a lo largo de su amistad, Wittgenstein aclaró el papel de la filosofía en relación con otras actividades humanas, como la investigación científica, la composición estética y el reconocimiento del valor, así como la oración y la experiencia religiosa. Para él, lo más importante de todo era el comportamiento interpersonal "decente". Asimismo, tras la muerte del gran filósofo austríaco, Drury, al igual que otros amigos de Wittgenstein, intentó corregir, como relata el libro, ciertas interpretaciones erróneas de su obra, como la de ser considerado el "supuesto creador de la filosofía del lenguaje".
El libro se compone de seis partes. Es recomendable comenzar por la Parte VI: Notas biográficas e históricas, para conocer quién es quién dentro del círculo individual y común de los dos amigos, antes de abordar la Parte II: Recuerdos de Drury sobre Wittgenstein, que es la más importante, pues constituye el principal registro de Drury de su interacción, tanto personal como intelectual, con Wittgenstein. Hablaban de todo: filosofía, música, antropología, y también de teatro, arte y ciencia. Además, Wittgenstein recomendaba libros a Drury. Sin embargo, el tema permanente era la religión.
La Parte I: Drury y Wittgenstein: almas gemelas, es un comentario filosófico de John Hayes, profesor jubilado de la Universidad de Limerick y editor de la obra original en inglés, sobre la Parte II. A su vez, los Escritos filosóficos de Drury, que integran la Parte III, se dividen en cinco subpartes: a) Conferencia de Drury en el Trinity College de Dublín, en 1935, sobre "El método de la filosofía"; b) "Cartas a un estudiante de filosofía", que abordan las dificultades de un joven estudiante universitario que ha elegido estudiar filosofía, y que están dirigidas a su hijo Luke, que entonces tenía dos años. Con ellas, pretende ayudar a pensar de la misma forma en que Wittgenstein le ayudó a él; c) "Seis reflexiones compartidas con Rush Rhees"; d) Conferencia en el University College de Dublín en 1967, para defender a Wittgenstein de ciertas falsas interpretaciones acerca de su filosofía, que estaban ganando terreno; y e) "Carta a Rush Rhees del 16 de octubre de 1966".
En la Parte IV, titulada Drury sobre la religión, el psiquiatra desarrolla la Carta 15 sobre el tema de que "el Dios de la religión significa mucho más que el absoluto de la filosofía" y ciertamente más que los "falsos absolutos"4. La frase que, para Drury, está en el centro mismo de la filosofía de Wittgenstein es: "Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra a sí mismo, es lo místico" (Tractatus, 6.522). El epistolario Drury-Rhees que aparece también en esta Parte IV proporciona múltiples ejemplos de reflexiones sobre la esencia del cristianismo y de los peligros de enredarse en las palabras, y son de una relevancia y lucidez notables al reflexionar sobre lo que aprendieron de Wittgenstein.
Por último, en la Parte V: Drury sobre medicina, psiquiatría y psicología, Drury intenta conectar las intuiciones obtenidas de las influencias importantes en su propio desarrollo religioso y filosófico con los problemas de la psiquiatría. Drury vivió el gran cambio de la psiquiatría (que se explica en el libro), desde la terapia de electroshock hasta el desarrollo de la nueva farmacología, a la que se acopló con gusto, pero sin exageradas expectativas. Dada su especial posición, pudo aportar a la psiquiatría una riqueza inusual de antecedentes para tratar de comprender más profundamente los procesos psicológicos que causan los síntomas manifestados en los enfermos mentales. Esta Parte V contiene en su seno una obra autónoma: El peligro de las palabras, que, a juicio de Ray Monk, el biógrafo de Wittgenstein, "es quizá, en su tono y en sus preocupaciones, la obra más auténticamente wittgensteiniana publicada por cualquiera de los estudiantes de Wittgenstein".
El peligro de las palabras se divide, a su vez, en cinco capítulos, cada uno presidido, además, por un aforismo de Lichtenberg de considerable enjundia: 1) "Palabras y transgresiones", sobre cómo las palabras, cuando los médicos hablan con los pacientes, pueden llevar a la confusión; aquí distingue cinco tipos de falacias: de los alquimistas, del médico de Moliere, de los sentidos pickwickianos, del hipopótamo perdido y del árbol de van Helmont; 2) "Ciencia y psicología", donde desarrolla la observación que hace Wittgenstein al final de las Investigaciones filosóficas sobre la esterilidad de la psicología experimental y sus exageradas expectativas; 3) "Acerca del cuerpo y la mente", con reflexiones sobre las limitaciones de la ciencia para comprender la mente y la condición humana, pues, a pesar de los avances de la bioquímica del cerebro, siempre habrá en psicología y psiquiatría el reino de lo inexplicable; por ejemplo, ¿cómo se pasa de lo físico a lo mental?, ¿cómo pasa algo de la mente a la conciencia? 4) "Hipótesis y filosofía", donde habla de los peligros de confundir una hipótesis con un hecho, y 5) "Locura y religión", capítulo crucial en el libro, que versa sobre la diferencia y relación entre patología y experiencia espiritual, en el que refleja tanto lo que había aprendido de Wittgenstein como su experiencia como psiquiatra. La Parte V incluye también "Filosofía y psiquiatría", crítica de Ilham Dilman a El peligro de las palabras, y la réplica de Drury a Dilham: "Correspondencia y comentario".
En definitiva, como psiquiatra en ejercicio con una formación filosófica y religiosa singular, Drury nunca quiso negar, siguiendo la estela de Wittgenstein, que dentro de sus propias esferas, las ciencias contribuyen a nuestra comprensión del mundo en que vivimos. Solo quería llamar la atención sobre los límites y las pretensiones de la ciencia, para hacernos notar la variedad de cuestiones serias que quedan fuera de su ámbito. Es fundamental cuidar que, cuando en cada generación se logran nuevos avances en el conocimiento, no se les considere más importantes de lo que realmente son, y que no se conviertan hipótesis en hechos. Esto se hace con la finalidad de mantener la maravilla segura y el asombro permanente ante el mundo que tenemos "ahí", así como el milagro de vivir. Drury insiste en que la filosofía despliega claramente lo decible (no más) para asegurar la maravilla de lo inexpresable y hacer posible el asombro.
Al final, la traductora incluye una bibliografía interesante en castellano sobre los libros citados en la obra, y sobre las lecturas de Wittgenstein y Drury, algunas realmente curiosas.
Notas
1 "Toda mi tendencia y, creo, la tendencia de todos quienes alguna vez intentaron escribir o hablar sobre Ética o Religión, era correr contra los límites del lenguaje. Esta carrera contra las paredes de nuestra jaula (del lenguaje, se entiende) es perfectamente, absolutamente desesperada". (Lecture on Ethics, 1929).
2 San Agustín: "Quia fecisti nos ad Te et inquietum est cor nostrum donec requiescat in Te".
3 En el Libro Azul, aparece la cita clave: "La dificultad en filosofía consiste en no decir más de lo que sabemos".
4 "La solución del enigma de la vida en el espacio y el tiempo reside fuera del espacio y del tiempo" (Tractatus, 6.4312).