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GUERRA Y MIGRACIÓN COMO LEGADO FAMILIAR EN MIS RELATOSAUTOFICCIONALES ÁRBOL DE FAMILIA (NOVELA), TODOS ÉRAMOS HIJOS (NOVELA) Y EL VIAJE DE LOS LOCOS (CUENTO)WAR AND MIGRATION AS FAMILY LEGACY IN MY AUTOFICTIONAL NARRATIVES ÁRBOL DE FAMILIA (NOVEL), TODOS ERAMOS HIJOS (NOVEL), AND EL VIAJE DE LOS LOCOS (SHORT STORY) |
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DOSSIER
María Rosa Lojo 1
1 Instituto de Literatura Argentina "Ricardo Rojas"
0000-0002-4384-4823
mrlojo@gmail.com
María Rosa Lojo nació en Buenos Aires, Argentina, el 13 de febrero de 1954. Es escritora, investigadora y poetisa. Se doctoró en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y fue investigadora principal del Conicet (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) hasta 2018. Actualmente, es directora académica del Centro de Estudios Críticos de Literatura Argentina de la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y profesora del Doctorado en la misma universidad. Su obra abarca cinco libros de lírica, catorce de narrativa (cuento y novela), un álbum ilustrado, ocho libros de ensayo e investigación y tres ediciones críticas. Sus trabajos han sido traducidos a varios idiomas, incluyendo inglés, francés, italiano, gallego, tailandés y búlgaro. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y Miembro de Honor (Académica de Honra) de la Real Academia Gallega. También es Miembro Titular de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires. Parte de su obra incluye títulos como las novelas Canción perdida en Buenos Aires al Oeste (1987), La pasión de los nómades (1994), La princesa federal (1998), Finisterre (2005), y Lo que hicieron ahí (2023); y los poemarios Visiones (1984), Forma oculta del mundo (1990) y Esperan la mañana verde (1998).
Fecha de recepción: 31 de marzo de 2025
Fecha de aceptación: 31 de mayo de 2025.
Referencia: Lojo, M. (2025). Guerra y migración como legado familiar en mis relatos autoficcionales Árbol de familia (novela), Todos éramos hijos (Novela) y El viaje de los locos (cuento). Cultura Latinoamericana, 41(1), 56-71. http://dx.doi.org/10.14718/CulturaLatinoam.2025.41.1.3
Resumen
La escritora María Rosa Lojo aborda aquí tres relatos autoficcionales de su autoría. El primero es "Árbol de familia" (2010): álbum, galería de fotos que cuelgan de las ramas, espacio coral donde muchas voces se hacen oír, filtradas y transmitidas por la voz de Rosa, la descendiente nacida en América. El patchwork multicolor del cuadro de familia se expande hacia el pasado peninsular por los dos lados (el paterno, gallego; el materno, castellano y andaluz), y concluye en la Argentina, en una larga historia de migraciones, la última de ellas impulsada por el gran trauma de la Guerra Civil. En "Todos éramos hijos" (2014) la vida de Rosa salta al primer plano, pero desde una voz en tercera persona. La narración va acompañando al personaje en el tiempo, desde la escuela primaria y el bachillerato (primera y segunda parte), hasta su carrera universitaria, que termina en los violentos comienzos de la última dictadura argentina (tercera parte). La migración y la guerra están presentes en todo el relato.
En "El viaje de los locos" (2024), el enfoque narrativo y el eje temporal de la acción se desplazan sobre la hija de Rosa, Leonor Beuter, en quien se unen los hilos de la memoria paterna (germana) y la materna (española). Ella (inmigrante en Berlín, peregrina a Santiago de Compostela) saldará la deuda contraída en 1580 por David Beuther, su antepasado alquimista suicida. Así, desde la destrucción de las guerras y las mutaciones de las diásporas, el mundo humano sigue reconstruyéndose en "El viaje de los locos", que cambian de lugares para sobrevivir y renacer.
Palabras clave: Guerra Civil; dictadura; migraciones; deuda; reconstrucción.
Abstract
Writer María Rosa Lojo examines here three autofictional narratives of her own authorship. The first, Árbol de familia (Family Tree, 2010): an album, a gallery of photos hanging from the branches, a choral space in which many voices are heard, filtered, and conveyed through the voice of Rosa, the descendant born in America. The multicolored patchwork of the family portrait expands into the peninsular past on both sides—paternal (Galician) and maternal Castilian and Andalusian)—and concludes in Argentina, within a long history of migrations, the last driven by the great trauma of the Spanish Civil War.
In Todos éramos hijos (We Were All Children, 2014), Rosa's life moves into the foreground, but from a third-person narrative voice. The story accompanies the character through time, from primary and secondary school (parts one and two) to her university years, ending amid the violent beginnings of Argentina's last dictatorship (part three). Migration and war are present throughout the narrative.
In El viaje de los locos (The Journey of the Mad Ones, 2024), the narrative focus and temporal axis shifts to Rosa's daughter, Leonor Beuter, in whom the threads of paternal (German) and maternal (Spanish) memory converge. As an immigrant in Berlin and a pilgrim to Santiago de Compostela, she will settle the debt contracted in 1580 by David Beuther, her suicidal alchemist ancestor. Thus, out of the destruction of wars and the transformations of diasporas, the human world continues to rebuild itself in El viaje de los locos, a tale of those who change places in order to survive and be reborn.
Keywords: Spanish Civil War; dictatorship; migrations; debt; reconstruction.
La Guerra Civil fue la circunstancia fundante de mi propia vida: bellum me fecit. Hija de padres que salieron de la Península empujados por la posguerra y que se conocieron en Buenos Aires, yo no hubiera existido de no ser por esa tragedia colectiva que les impidió cumplir su destino elegido.
Mi primera novela, Canción perdida en Buenos Aires al Oeste,2 cuenta, con rasgos autoficcionales, la historia de una familia constituida en el Río de la Plata por españoles emigrados tras la Guerra Civil.
Nunca reeditada, sería el sustrato de libros posteriores. En todos ellos, como en el ADN histórico de mis linajes, guerras y migraciones siguen entrelazándose.
Árbol de familia
El primero por considerar es Árbol de familia (2010), que también podría definirse metafóricamente como un álbum. Es una galería de fotos (instantáneas y retratos) que cuelgan de las ramas, y un espacio coral donde muchas voces se hacen oír. O un "cultivo de microficción" (Friera, 2010), hecho de relatos breves que corresponden a los retratos.
Los sucesos que se narran en la novela están antecedidos y enmarcados por una voz en primera persona: la de una narradora que se autodefine en relación a sus antepasados: "Soy la bisnieta, soy la nieta, soy la hija, soy la sobrina..." (Lojo, 2010, p. 12). Esa voz, que se presenta aún sin cuerpo físico, une las ramas del árbol familiar. Y es también la que se refiere a su propio nacimiento, fuera de la tierra ancestral, como el fruto tardío de una maldición. En efecto, en la primera parte del libro, "Terra pai", entre los personajes de la gens paterna aparece el bisabuelo Luís Ventoso, armador de dornas en Porto do Son que enfrenta, sin saberlo, al diablo tentador3. Luís no ha emigrado, aunque todos se van, como él mismo le dice al supuesto limosnero y peregrino que se presenta en su taller. "Mal que mal, aquí me arreglo y todos me conocen" (Lojo, 2010, p. 51), argumenta Luís ante los intentos del viejo pordiosero para persuadirlo a emprender la aventura americana. El desafío que le propone es absurdo: probar la dorna (una pequeña embarcación) un día de tormenta y obtener fama y fortuna cruzando el océano en ella; sin embargo, prende en su interior, como una especie de locura (la que empujó a los conquistadores y luego a los emigrantes encandilados por la ambición y urgidos por la necesidad). En este relato que utiliza elementos mágicos y sobrenaturales de la cultura popular gallega se desencadena una maldición autocumplida. Luís sale con su barca en la tormenta y el pordiosero se aparece dentro de ella, desenmascarándose como fuerza demoníaca de disolución: "Soy el que corta, soy el que separa, soy el que rompe, soy el que desgarra, soy el que destruye. Ésa es mi condición, ése es mi oficio." (Lojo, 2010, p. 55). El demo (demonio) salva la vida de Luís, pero le pone un precio: "... otros se irán y no podrás impedirlo. Una mujer de tu sangre, llamada Rosa, vivirá del otro lado del mar y morirás sin verla." (Lojo, 2010, p. 56) Luís cree que se refiere a su hija más querida, que lleva ese nombre y que, en efecto, emigra, incitada por la pobreza de la familia cuando el padre queda inválido al encallar contra el acantilado. Sin embargo, Rosa volverá, después de casarse en Buenos Aires con Ramón, otro gallego. Y Luís no llegará a saber que el desgarramiento de la migración tiene muchas caras y formas. Una de ellas es la guerra, que a su vez expulsa a Antón, hijo de Rosa, muchos años después:
Habría otra Rosa de su sangre que el mar separaría sin remedio de las costas gallegas. Otra que viviría sin verlo, una desconocida, hija de sus padres pero sobre todo, del éxodo, que llevaría puesto su nombre de bautizo como quien porta una lejana joya de familia, o mejor aún, un amuleto contra el olvido. Otra Rosa, la nieta de la suya, que no iba a conocer a esa niña tampoco. Otra, la separada, la distante, que nacería en un país llamado exilio. (Lojo, 2010, p. 57).
Aunque "un destino sudamericano" (como se titula el capítulo consagrado al encuentro de los abuelos gallegos en Buenos Aires) no parece encarnarse en ellos, que heredan la casa y las fincas en la aldea donde concluyen sus vidas, sí terminará cumpliéndose en su distante y aún no nacida descendiente.
Nadie de la familia cree en la historia que luego cuenta Luís sobre su encuentro con el demonio insidioso y pordiosero. Pero todos son víctimas, de un modo u otro, del daño migratorio. También serán sus beneficiarios, porque hay creación y vida del otro lado del mar. Un nuevo mundo se construye desde las cenizas del anterior. Con todo, los que se quedan seguirán añorando a los que se fueron, y estos, los separados, legarán a sus descendientes esa nostalgia, esa saudade, como se lega una patria.
En Árbol de familia, ese extrañamiento resurge desde la memoria de Antón (el hijo de Rosa, el padre que luchó por la República) en forma de "colección preciosa de objetos míticos":
[...] había un enorme castaño de ramas retorcidas cuyo tronco había servido para labrar los muebles de toda una casa. Había una rueca y un arcón que guardaba sábanas de lino, y otro que custodiaba los papeles, luego perdidos, del enigmático antepasado, "el escribano de Indias". Había hilanderas con un pañuelo en la cabeza, arrugadas y dulces como las uvas pasas. Había lobos recortados como figuras de un cuento contra la luna llena, y cacerías que dejaban en el monte un rastro de sangre interrumpido. (Lojo, 2010, p. 101)
Deslumbrantes e inmortales como las ideas platónicas que configuran la "verdadera" realidad, esas entidades lejanas desacreditan, para la narradora, el suelo de su propio nacimiento, el mundo concreto donde se halla. De esos seres inmarcesibles hay uno, ya inexistente, que sigue ejerciendo una atracción magnética: es ese árbol, también mítico (el gigantesco castiñeiro con cuya madera se labraron los muebles de la casa natal), que el padre intenta en vano reproducir en su jardín de Buenos Aires: el árbol nunca medra, no crece lo suficiente. Aun así, su mera presencia genera y representa una deuda que la narradora deberá saldar:
[...] los frutos eran muy malos, casi raquíticos, ni siquiera valía la pena extraerlos de su coraza puntiaguda. Sin embargo, el castaño dio otro fruto mejor y más esperado. Cuando ya mi padre había muerto pude, por fin, volver a la tierra que yo aún no conocía, y donde él no llegó a retornar nunca. A mi regreso, el castaño empezó a morir, irremediable y violento. En un mes se había secado de la copa a las raíces. Comprendí que simplemente daba por cumplida su misión terrena, que siempre había estado allí sólo para encarnar la fuerza del deseo, la poderosa pulsión de la nostalgia, el primer mandamiento que se le impone al hijo del exilio. (Lojo, 2010, pp. 102-103)
Como antídoto para el daño de la separación, a fuerza de múltiples regresos a ese lugar "donde nunca había estado", la narradora encuentra el corredor inmaterial por donde antes ha viajado el padre en los extravíos que le depara la vejez, o excava el suyo propio: un espacio de tránsito en dos mundos, dos lados, dos tiempos, dos países, dos memorias, pero que es, justamente, transitorio, efímero. Va y viene como una lanzadera, no permite el descanso, es solo a medias reparador. Así se lo dice la narradora al tío Benito, el hermano más querido de su padre, que se ha pasado una vida esperando en vano su retorno:
-Nunca podré volver del todo -susurro— pero tengo el corredor.
--¿Qué corredor, qué dices? -insiste, acercando el oído, creyendo que se engaña.
-- Es como un pasillo -balbuceo— para ir y venir, donde se está y no se está.
--Mala cosa, los pasillos. No hay más que corrientes de aire, y frío, y gentes que tropiezan contigo mientras van y vienen. Dónde vas a poner allí una buena cama para dormir cuando te canses.
--En ningún lugar -susurro—. No hay descanso. (Lojo, 2010, p. 138)
También Rosa, la abuela de la narradora, sufre el mal de la migración, que no tiene remedio, no solo cuando vive en América sino cuando regresa a Galicia, porque aun cuando se vuelva se tienen nostalgias de lo que se ha conocido, amado y poseído del otro lado del mar.
¿Era la vida otra cosa que un querer irse, y lamentarse luego por no haberse quedado, y volver a partir y añorar nuevamente lo que se dejaba atrás? ¿No era el tiempo un viento errátil y a veces furioso que arrastraba a su paso aun a aquellos que habían decidido estarse empecinadamente quietos? (Lojo, 2010, pp. 69-70)
Hijas e hijos de Galicia cumplen el mandato de regreso aun después de la muerte, en el cabo de Finisterre, el gran portal que comunica los mundos visibles e invisibles, "el único lugar por donde las ánimas de los gallegos pueden entrar al Paraíso o al Infierno" (Lojo, 2010, p. 112), desde dondequiera que la diáspora los haya llevado. Son los ejércitos de los emigrantes y exiliados que llegan al espacio sagrado a recuperar identidad, memoria y linaje, en un sentido inverso al de los legionarios romanos que se encontraron por primera vez ante el abismo del mar abierto y al cruzar el río Limia creyeron haber cruzado el Río del Olvido.
La relación con el lugar natal, así como la experiencia de la guerra, son distintas del lado paterno y del materno, tal como lo son los contextos. En un caso, una familia gallega plebeya de propietarios rurales, cuyas fincas han ido menguando repartidas entre una descendencia numerosa; en el otro, una familia de militares e hidalgos venidos a menos que viven, guardando apenas las apariencias, en pisos alquilados de grandes capitales (Madrid y Barcelona).
Antón, el padre gallego, enrolado en el bando republicano, porque le toca en el reparto y por convicción vive la guerra acompañando por los caminos de España a su admirado jefe, el coronel Sande, que se vuelve para él una figura paterna:
El servicio militar y la guerra civil fueron para Antón la escuela que no había tenido. Las carreteras de España eran los señaladores dentro de un gran libro, que le indicaban catedrales y ayuntamientos, ríos y manantiales, palacios y bibliotecas. Los hospitales donde se hacinaban enfermos y heridos que pronto estarían muertos, le enseñaron los secretos de los cuerpos y las técnicas elementales de la curación; los barcos, los trenes, los coches, los aviones, le ofrecieron sus entrañas mecánicas, sensibles, complicadas y vulnerables como las entrañas de carne de los cuerpos humanos. Cuando volvió definitivamente a Galicia, al terminar la guerra, y luego de la prisión en Madrid, sabía usar antisépticos para curar las heridas y evitar infecciones, había aprendido el arte de reparar motores, y tenía un leve dejo catalán, o quizá valenciano, que los viajes le habían dejado como una marca en el habla, y que no perdería nunca.
Antón, el rojo, solía hablar de la guerra sin horror y sin resentimiento. Había sucedido y había modificado para siempre el mundo que conocía y lo había modificado a él mismo. Sin la guerra, no hubiese sido quién era. Y aunque ese acontecimiento era el responsable de todas sus pérdidas, aunque lo había llevado, ya pasados los treinta años, a iniciar otra vida, en otra tierra, también le había dejado una sabiduría feroz, cuyas letras le entraron en los huesos con sangre propia o ajena, acerca de lo que los seres humanos eran o no capaces de hacer en las peores circunstancias. (Lojo, 2010, pp. 117-118)
La misma guerra que forjó a Antón lo instruyó en diversos sentidos y le dio otro padre, dejó huérfana a la madre (Ana) y la convirtió en una novia viuda por el extemporáneo fusilamiento de Pepe, su prometido. Ana tiene que reconstruir (y nunca lo logra del todo) un destino cortado por la tragedia. Sin hogar propio, sin querencia ni raíz, no puede legar a sus hijos —como sí lo hace Antón— el "canto de linaje"4 de un espacio a la vez real y mítico. Despojada de anclajes en el espacio, solo posee figuras ocultas en un relicario (el padre y el novio muertos). La mayor parte de los objetos que han quedado del viaje están rotos o han desaparecido. Son cosas mudas a las que hay que interpelar para que hablen (esos guantes abiertos "en el gesto de asir algo perdido e irrecuperable", p. 151) Ana, gran lectora y también escritora frustrada, no deja una narrativa en primera persona, como los relatos dominicales del padre; no puede hablar directamente sino con palabras ajenas. Su deseo no saciado y quizás insaciable está en los libros escritos por otros, los que ha traído con ella de España o ha comprado en Buenos Aires. Allí la hija puede hallarla, después de su suicidio. Son "la única casa de citas donde acaso podremos encontrarnos. Donde la una, todavía viva, va buscando infatigable por pasillos y salas internas y habitaciones cerradas, las huellas de la otra, para continuar el diálogo brutalmente quebrado" (Lojo, 2010, pp. 154-155).
Después de la guerra y de sus pérdidas, Ana nunca vuelve a sentirse realmente viva sino, apenas una precaria sobreviviente fantasmal:
El que sobrevive, entonces, no es un afortunado, sino alguien que ha eludido indebidamente su destino: un resto, un desecho de una vida real y siempre anterior, condenado de aquí en más a la dudosa sobreexistencia de los vampiros. Alguien que ya no vive sino sorbiendo la sangre de los otros, entre los claroscuros de la noche, y que se desmenuza, hecho polvo, cuando lo hiere la genuina luz del sol. (Lojo, 2010, pp. 177-179)
Su matrimonio con Antón, sus hijos, su casa, están asentados, así, sobre "el falso territorio" de una "vida excedente y equivocada" (178) que invalida y que fragiliza la existencia de todo lo realizado en América. No debería haber devenido madre de la narradora: "Ana, la auténtica Ana, la que aún no era mi madre, tendría que haber muerto esa tarde de verano de 1936", fusilada junto a Pepe. Las circunstancias de la muerte del novio añadirán complejidad al legado contradictorio que Frik recibe y que espeja el enfrentamiento de las dos Españas y lo reproduce en la intimidad de su hogar. Ana viene de una familia mayoritariamente conservadora y pro clerical por ambas ramas. Pepe es también su primo por el lado paterno; la futura suegra de Ana es su propia tía. Tanto ella como su hijo y todos quienes se hallan en ese momento en la casa encuentran la muerte a manos de una partida roja "por ser fascistas y chupacirios, como que estaban escondiendo a varios curas en el sótano" (Lojo, 2010, p.117). Aunque Antón, claro está, no ha tenido ninguna responsabilidad en esas muertes no deja de ser el representante del otro bando.
Los muertos propios son únicos, irreemplazables, irrefutables. De nada hubiera valido que mi padre apelase a las maldades del tío cura de Cespón, o a los abusos que jalonaron la historia clerical de España. De nada, tampoco, que esgrimiese otras estadísticas: las de las matanzas cometidas por los "nacionales", las de la represión de la dictadura que se prolongaron, impunes, durante años. Aunque eso -la mutua brutalidad— racionalmente llegara a ser comprendido, cada uno seguiría viendo sólo el agujero del cráneo de su muerto por donde había entrado la bala matadora. (p. 179)
La abuela doña Julia, madre de Ana, ha aceptado el refugio de la casa de América, edificada por su yerno Antón, el rojo. Aunque Julia no simpatiza con sus ideas, reconoce que ha logrado darles un hogar, cuyas paredes son "sólidas y espesas como los muros de un convento" (p. 225). Sabe que no hay adónde volver. Si Ana solo puede legarle a su hija las mediaciones simbólicas de la literatura o su falsa vida de vampiro, si su padre Antón le entrega un indestructible mito de origen y las lecciones de supervivencia extraídas de la guerra, doña Julia, por fin segura en un lugar que ya no le será arrebatado, alecciona a su nieta con relatos preventivos sobre los peligros que acechan (especialmente a las mujeres) y también, aunque no es una lectora sofisticada, sino una simple ama de casa, la alfabetiza antes de concurrir a la escuela, acicateada y complacida por la curiosidad de la nieta. La vivencia traumática de la guerra en una Madrid sitiada ha sido por otra parte una "atroz escuela de mortificación moral y economía doméstica" (p. 192), que refuerza el estoicismo y la austeridad ya profundamente arraigados en la sufrida personalidad de Julia. Intenta transmitir a su nieta esos valores, como un bagaje de resistencia ante la adversidad.
El tío Adolfo, artista de variedades, hermano de Ana, es más un trashumante que un emigrante. Su partida de España lo dispara hacia una huida infinita, después de una guerra que lo lleva a perder la esperanza en la condición humana "o por lo menos en la condición de su país, que le parecía el más bárbaro del planeta" (pp. 186-187). Huye hacia adelante, huye de su madre, de la rutina, de la vida sedentaria, de la asfixia real y metafórica. Se siente apátrida. Solo cuenta con la tierra que le queda adherida a los zapatos en su vida errante. "Y ni aun así, porque en los zapatos del tío Adolfo no descansaba el polvo." (p. 187) No tiene ni retiene una casa. Vive en los barcos donde actúa, en un viaje perpetuo. Recala, para morir, arruinado y ya viejo, en un espacio amigo.
Sin embargo, el tío Adolfo le hace a la narradora un legado importante: toda su biblioteca de niño, que la inicia en otras formas de la imaginación. Le abre las puertas del mundo y la diversidad de la geografía, de la historia y de las culturas, así como el padre le abrió las de la tierra ancestral. Los libros de Emilio Salgari, de Alejandro Dumas, de Edgar Rice Burroughs, de Julio Verne, de Rider Haggard, de Robert L. Stevenson exceden la típica "biblioteca rosa" de las nenas. El exotismo, el placer de los viajes de exploración por el espacio y por el tiempo son la herencia que balancea y compensa la memoria telúrica del padre y el desamparo existencial de la madre. El viaje, aprende Rosa, puede ser fascinante conocimiento, y no solo desarraigo, exilio y desventura.
Todos éramos hijos
En Arbol de familia la narración está a cargo de una voz en primera persona (Rosa), que cuenta poco sobre sí misma, tanto de su presente como de su pasado. Su objetivo central es componer el gran mosaico, el patchwork multicolor del cuadro de familia, que se expande hacia el pasado peninsular. En Todos éramos hijos, en cambio, la vida de Rosa salta al primer plano, pero desde una voz en tercera persona, focalizada sobre todo en lo que sucede en la Argentina. La narración va acompañando al personaje en el tiempo, desde la escuela primaria y el bachillerato (primera y segunda parte), hasta su carrera universitaria, que termina en los comienzos de la última dictadura militar (el autodenominado "Proceso de Reorganización Nacional"), y que ocupa la Tercera Parte5 del libro, donde "la vieja Frik" empieza a revisar las cajas de archivos, literales y metafóricas, donde se depositan los documentos y testimonios de un pasado que exige ser revivido, en la medida en que es escrito.
La migración y la guerra están presentes en todo el libro. Desde las primeras páginas, que introducen en la infancia de Frik, se la presenta como la "extranjera". Extranjera en un sentido literal, porque -aunque nacida en la Argentina- ha pasado sus primeros años sin escolaridad rodeada de españoles, inmersa en una "burbuja peninsular" y extranjera también en un sentido existencial, porque nunca se sentirá del todo cómoda en el mundo6.
En la escuela comenzó a regir la Ley de Extranjería a la que Frik viviría sometida, si bien los indicios materiales y aparentes de su extranjeridad desparecieron pronto. Entre sus compañeras utilizaba, como una más, el "vos" y el "ustedes", y había desterrado las "ces" y las "zetas". (Lojo, 2014, p. 24)
Frik iba a notar pronto, con todo, que la extranjería (o por lo menos, la suya) no se eliminaba por la lucha de las lenguas, ni se reducía con la posesión de los idiomas. Hablase donde hablase y lo que hablase, siempre sería extranjera. Inadecuada en todas partes, perdida en la tierra madre como una huérfana. De tal manera exótica y marciana que a veces, cuando demoraba en dormirse, pensaba que sus padres, ya maduros para la fecha de su nacimiento, la habían sacado de entre las ruinas de un plato volador, y que entonces, ante la duda de quedársela o entregarla a la Policía y a la Ciencia para que practicasen sobre ella feroces experimentos, habían decidido adoptarla, ya que hasta el momento no habían logrado tener hijos. (Lojo, 2014, pp. 24-25)
Dentro de la casa española hay otras extranjerías y una solapada guerra de lenguas: el castellano materno (lengua imperial triunfante en la historia de España) y el gallego paterno (lengua del pueblo, reivindicada por los poetas del Rexurdimento y por los galleguistas de la vencida Segunda República, marginada durante el franquismo).
La lengua materna, con patente castellana, era invasiva, victoriosa, triunfante como un auto blindado. Llevaba siglos resonando en el mundo, tanto más allá de las mesetas áridas y las ciudades amuralladas donde gentes duras y algo broncas la habían engendrado. Resistía y a veces ofendía; brillaba, retumbante, cristalina, imponiéndose a todo, aplastando, acaso, otras lenguas, bajo su orgullosa armadura de acero y plata.
En algún momento Frik descubriría que dentro de su misma casa vivía en secreto una de ellas, sumisa y arrinconada, en minoría absoluta, desvanecida, acaso, por la autocensura y la falta de eco. Era la lengua de su padre, secretamente agazapada en algunos libros y que sólo en contadas ocasiones oiría sonar. (Lojo, 2014, p. 24)
La violencia política argentina en el posperonismo, lateral en Arbol de familia, se despliega como un escenario acuciante de Todos éramos hijos. Estamos en el comienzo de los años setenta, cuando la proscripción del peronismo como partido político y los sucesivos golpes de Estado se hacen insostenibles. El recrudecimiento de las tensiones políticas se expresa también, de manera novedosa, desde una juventud nucleada en organizaciones insurgentes: Montoneros o el ERP, entre muchas otras. Los cambios instalados por el Concilio Vaticano II, las ideas de la Teología de la Liberación y el Movimiento de los Sacerdotes para el Tercer Mundo sacuden los enclaves tradicionales de la Iglesia Católica y llegan hasta algunos colegios religiosos, y también a la escuela en la que Rosa/Frik cursa el secundario. Ahí compartirá debates intelectuales, la pasión por la literatura, el montaje de obras dramáticas de grandes autores que abordan el compromiso social (Todos eran mis hijos, de Arthur Miller). Este período ocupa la Primera Parte de la novela.
A poco de ingresar en la universidad (Segunda Parte), algunos excompañeros de teatro y compañeras del bachillerato ingresan en una militancia política que pronto se volverá armada y clandestina. Es en este momento cuando Antonio, el padre gallego, excombatiente por la República española, puede aplicar el aprendizaje de la guerra, su "sabiduría feroz, cuyas letras le entraron en los huesos con sangre propia o ajena" (Lojo, 2010, p. 118).
Así se convierte en maestro no solicitado de los que han ido a recibir a Perón a Ezeiza cuando retorna al país en 1973, tras 18 años de exilio. El evento, en el que se enfrentan facciones de la derecha tradicional peronista con otras de la izquierda revolucionaria, termina de manera desgraciada (al punto de que es conocido como "la masacre de Ezeiza"). En un largo diálogo con Esteban Milovich, amigo de Rosa, Antonio lo previene contra el absurdo de iniciar una revolución sin poder bélico y sin apoyo político real. Habla con la autoridad del que ha sobrevivido a la Guerra Civil, la del millón de muertos, no romantiza ni idealiza la violencia y sabe que no alcanza con el voluntarismo: "No siempre dar la vida basta o sirve. No siempre surte los efectos que deseamos." (Lojo, 2014, p. 172). Recuerda su juventud, cuando estaba dispuesto a inmolarse inútilmente piloteando unos aviones tan frágiles como libélulas.
Rosa/Frik sí escucha el mensaje del derrotado. En parte porque entiende las razones de Antonio y en parte por su propio temperamento reflexivo, desaprueba la vía de la militancia armada como medio para construir una sociedad más justa. Pero también influye la memoria traumática de la violencia colectiva sufrida por su familia. Los temores de sus padres se multiplican ante la escalada conflictiva, que evoca para ellos lo ocurrido en España: Rosa/Frik ha sido siempre una niña tutelada, casi sobreprotegida: "Tu viejo te tiene guardada en una caja de cristal, como si fueras Blancanieves" (p. 152), le dice su compañera Silvia.
[...] había otra verdad, también, que ni siquiera se confesaba a sí misma y que Silvia adivinaba en parte. Sentía -como si para eso hubiera cuotas o dosis por cada familia- que la generación de sus padres ya había probado y consumido hasta el fondo, sin dejarle a ella nada, la violencia y el riesgo de la Historia que arrasó las vidas y sobre todo las esperanzas, para que no volviera a crecer la hierba bajo los pies de los derrotados. Acaso por eso Frik sería siempre para ellos la nena desmañada y miope, a la que no le habían querido comprar una bicicleta por miedo a que se lastimase. Su lugar era la caja que protegía su cuerpo de porcelana. Indestructible mientras estuviese detrás de la vitrina. Pero quizá también, inepta, por eso mismo, para vivir. (Lojo, 2014, p. 153)
¿Qué hacer con la Historia inclemente, devoradora, destructiva, que pone las vidas del revés, o que las borra sin piedad ninguna? Durante un tiempo Frik y Daniel, confidentes y coincidentes en la vocación artística, leen y comentan El juego de abalorios, la problemática utopía de Hermann Hesse, donde, en un planeta sin guerras, una élite intelectual vive consagrada a un juego exquisito, cuyas fórmulas elegantes
[...] reproducían y combinaban objetos y contenidos culturales como una historia paralela salvada del desgaste y la aniquilación. Era una memoria universal que leía las huellas humanas en la mente de Dios. Un lenguaje místico que descifraba la escritura de ese Dios en el universo. Un servicio, un ritual, un culto que exigía la dedicación de la vida, premiada con relámpagos de conocimiento absoluto. (Lojo, 2014, pp. 194-195)
Sin embargo, Josef Knecht, el gran Magister Ludi, sale finalmente de la provincia Castalia, congelada y protegida, para volver al mundo de las personas comunes y muere en ese retorno. "Vivir te mata", concluye Frik.
En una parte, no existía la perspectiva: hundidos en el momento, los actores tenían que tomar continuamente decisiones, sin ver la totalidad, dando pasos que modificaban el escenario. En la otra, los actores interactuaban, sentados en círculo, sin salir de la platea, mirando desplegarse sobre la escena sus proyecciones mentales.
De cualquier manera, solo uno de esos territorios era real y Frik y Daniel no tenían más remedio que moverse en el tembladeral de la Historia como pudieran, ni santos ni héroes, apenas místicos de a ratos, cuando la poesía o la música los colocaban en alguna otra parte, sin necesidad de pepas alucinógenas. (Lojo, 2014, p. 198)
No se puede escapar de la Historia porque no se puede escapar de la vida, que es flujo, inestabilidad, tembladeral, tiempo irrepetible. Frik y Daniel elegirán sus caminos, harán y escribirán a su manera la historia que les toca desde la vía creativa del arte, y así, también, honrarán a sus muertos.
"El viaje de los locos"
En este cuento, publicado en la antología de relatos sobre migración Para quedarme aquí (2024), el enfoque narrativo y el eje temporal de la acción se desplazan sobre otro miembro de la familia de Rosa, pero no ya un antepasado sino una descendiente: su hija, Leonor Beuter, en quien se unen los hilos de la memoria paterna y materna.
Aunque Leonor no lo sabe, le tocará saldar una deuda que tiene varios siglos. Se remonta a 1580, cuando el alquimista David Beuther se quita la vida bajo la presión de su empleador y carcelero, el príncipe Augusto I de Sajonia, que quiere forzarlo a entregar el secreto de la fabricación del oro7. Antes de tomar su decisión final, Beuther le hace llegar un mensaje a su joven esposa. Como suicida, es un pecador que debe redimir su alma; como practicante de la alquimia, un fracasado que no ha concluido la Gran Obra. Solo Santiago el Mayor, el Apóstol Hermético, el Patrono de los alquimistas, podría liberarlo; por eso le encomienda a su mujer que peregrine a Compostela en su nombre. A partir de ese encargo que permanecerá pendiente durante generaciones, se desovilla la historia, narrada en otras tres partes: II (2013) Llegada de Leonor Beuter a Berlín, para realizar su propia misión artística y espiritual, relacionada en varios sentidos, con la del alquimista. III (1880). Migración de un descendiente de David, Otto Friedrich Beuter, desde Magdeburg a Brasil, con su mujer y su hijo pequeño; uno de sus nietos, del mismo nombre, emigrará a su vez a la Argentina. IV (2021). En los últimos meses de la pandemia, bordeando la costa española desde Gijón a Finisterre, el portal donde convergen todas las dimensiones de lo real, Leonor Beuter cumple por fin el pedido de su remoto antepasado germano, aunque solo es consciente de sus muertos próximos y del abuelo gallego que nunca pudo voltar á terra.
Salvo por la conexión familiar directa con David (se non é vero, é ben trovato), los personajes "Beuther/Beuter" de este cuento, sus vidas y viajes, son reales8, aunque todo parezca una de esas bromas literarias tejidas con hechos apócrifos, a las que tan aficionado era Borges. En cuanto al alquimista histórico (antepasado o no), provee una reveladora metáfora para el sentido de las migraciones y de la historia humana. Desde las cenizas de la destrucción y la dispersión, aun a pesar del abuso de los poderosos, las catástrofes de las guerras, la precariedad de la existencia, el mundo se reconstruye siempre en el "viaje de los locos" que cambian de lugares para sobrevivir y renacer.
Transmutación e inmortalidad son el legado del alquimista, que resplandece en el camino de Finisterre:
Se siente, de pronto, ligerísima, despojada de todo peso. Algo o alguien se ha desprendido de su espalda, de su piel, de su corazón. En el objetivo, límpida, una silueta de oro puro concentra el resplandor del sol que asoma. La Gran Obra se está realizando. Un ser recién parido emerge, deslumbrante, de la oscuridad absoluta. Es ella misma, o es David, o es los dos. Primero se rompe, se despedaza, se descuartiza. Después se rehace, resucita, se reintegra.
Ahí concluye el viaje de los locos. Ahí, también, empezará de nuevo. (Lojo, 2024, p. 122)
Notas
2 Premio Fondo Nacional de las Artes 1986.
3 Prefigurado en la novela Canción perdida en Buenos Aires al Oeste (1987) por el personaje del pordiosero que enfrenta a Juan Manuel Neira, en un sueño con elementos fantásticos y míticos ("La verdadera historia del anillo de oro", pp. 86-91).
4 El "canto de linaje" (tayil o tai'el, en la cultura mapuche) es transmitido en la novela por un hombre (no por las mujeres, como entre los mapuches) pero remite a una entidad femenina: el árbol madre ("árbol" es de género femenino en lengua gallega), el inmenso castaño legendario con el que se labraron los muebles de la casa de María Antonia, la matriarca fundadora que da nombre a sus descendientes, "los de la casa de María Antonia" (Lojo, 2013, p. 16).
5 Coherentes con la importancia constructiva central del teatro para la novela, Primera, Segunda y Tercera Parte, se denominan Primer, Segundo y Tercer Acto. A ellas se añade, como colofón, una breve obra de teatro en tres escenas: "Casandra-Frik habla con los muertos".
6 Esa fue también mi experiencia, que narro en un ensayo testimonial sobre la diáspora del exilio republicano (Lojo, 2021, p. 23): "Yo nacería [...] en la burbuja peninsular que mi familia había construido. Viví dentro de ella como en un invernadero hasta que la escuela elemental me despertó de aquella ficción mágica. España estaba muy lejos, las voces cotidianas que me acompañaban eran solo sus ecos. La tierra donde en verdad había visto la rara luz del mundo no me reconocía como propia, porque le hablaba con una voz extranjera." Este ensayo ("'Y aun así, volando': una épica de la resiliencia"), se publicó en un monográfico de la revista Anales de Literatura Hispanoamericana, 50, en homenaje al 80 aniversario del exilio republicano español en la Argentina (segunda generación). Volví sobre el tema en mi discurso de ingreso a la Real Academia Galega (Lojo, 2022).
7 La anécdota, el nombre y el apellido del alquimista constan, con distintas reinterpretaciones, en dos libros (Sadoul, 1975, pp. 123-125; Gérardin, 1975, p. 112). Por otro lado, David Beuther aparece, en una monumental publicación de la Academia Checa de Ciencias (Purs y Karpenko, 2016, p. 815), como autor de un manuscrito sobre alquimia publicado en 1631: Universal und Vollkommener Bericht von der hochberümtem Kunst der Alchimi, el cual es, a su vez, objeto de estudio por parte de K.C. Canzler (1784): Ueber David Beuthern und seine alchimistischen Nachfolger.
8 A história dos Beuter na América do Sul (2002), aborda el relato documentado de la historia familiar con centro en la figura de Otto Friedrich Beuter y su llegada a Colonia Francisca, en Santa Catarina. La biografía colectiva incluye una historia del apellido y sus diferentes grafías, y la referencia a uno de sus portadores ilustres: Michael Beuther (1522-1587), profesor, decano y rector en la Universidad de Greifs, que llegó a recibir, por sus méritos académicos, una promoción al estamento nobiliario (y por lo tanto, un escudo de armas). El personaje figura en la Wikipedia alemana.
Referencias
Beuter, I. (2002). A história dos Beuter na América do Sul. Imprenta Digiart.
Friera, S. (2010, marzo 15). Un cultivo de microficción. Página 12.
Gérardin, L. (1975). La alquimia. Martínez Roca. https://www.academia.edu/42760197/Lucien_G%C3%A9rardin_LA_ALQUIMIA
Lojo, M. R. (1987). Canción perdida en Buenos Aires al Oeste. Torres Agüero. https://www.mariarosalojo.com.ar/libros/cancion-perdida-en-buenos-aires-al-oeste/
Lojo, M. R. (2010). Arbol de familia. Sudamericana. https://www.ma-riarosalojo.com.ar/libros/arbol-de-familia/
Lojo, M. R. (2013). Mujeres, nómades y cantos de linaje. InterSeccionesen Antropología, 14(1), 15-17.
Lojo, M. R. (2014). Todos éramos hijos. Sudamericana. https://www.mariarosalojo.com.ar/libros/todos-eramos-hijos/
Lojo, M. R. (2022a). Unha galega filla en Buenos Aires. Real Academia Galega. https://publicacions.academia.gal/index.php/rag/catalog/view/400/401/548
Lojo, M. R. (2022b). "Y aun así, volando": Una épica de la resiliencia. Anales de Literatura Hispanoamericana, 50, 21-31. https://doi.org/10.5209/alhi.79787
Lojo, M. R. (2024). El viaje de los locos. En Para quedarme aquí. Cuentos sobre migración (pp. 112-122). Graviola. https://www.editorialgraviola.com/para-quedarme-aqui/para-quedarme-aqu%C3%AD
Purs, I., & Karpenko, V. (Eds.). (2016). Alchemy and Rudolf II: Exploring the Secrets of Nature. En Central Europe in the 16th and 17th centuries. Artefactum.
Sadoul, J. (1975). El gran arte de la alquimia. Plaza & Janés. https://www.fraternidadrosacruzdecolombia.org/wp-content/up-loads/2017/08/Sadoul-Jacques-El-Gran-Arte-De-La-Alquimia.pdf